El Periódico

Miércoles, 3 de julio del 2013

Es sintomático que dos autores madrileños, José Ovejero y Luisgé Martín, hayan coincidido en abordar, en sus últimas novelas, sendos casos de cuarentones inmaduros descontentos con su vida y dispuestos a hacerse pasar por otros. Ambos escritores han rebasado los 50 y por tanto hablan a toro pasado, aunque lo que importa es que la coincidencia puede revelar un hecho de fondo. Los protagonistas de La invención del amor (Alfaguara) y La misma ciudad (Anagrama) arrastran vidas rutinarias y, en cierto modo, afortunadas que, sin embargo, no les colman. Esa falta de satisfacción les lleva a emprender acciones disparatadas con idéntica inconsciencia: uno finge ser el amante de una mujer muerta y el otro abandona empleo y familia y muda su identidad. Ninguna de las imposturas saldrá bien y ambos deberán reconducir sus fingimientos, en el fondo más frustrantes que asumir las cargas y compromisos de un adulto.

Aunque Ovejero ha optado por un thriller en el que el lector no cesa de preguntarse si Samuel podrá evitar ser descubierto como impostor y Martín ha elegido una quest para dar testimonio él mismo de las peripecias de Brandon Moy desde su huida el 11-S en Nueva York, la historia que cuentan es en esencia la misma: la de una generación (los padres de los jóvenes del 15-M) que ha disfrutado de un periodo de bonanza económica con efectos suavemente narcotizantes y se interroga sobre su futuro. ¿Y ahora qué?

El deseo de ser otro, la tentación de la farsa o la fuga pueden ser irresistibles, pero la felicidad (o ese equilibrio que tanto se le parece) reside en la verdad (o esa falta de mala fe que tanto se le parece) y, por tanto, en instalarse en las circunstancias que a cada uno le han tocado e intentar cambiarlas sin fraudes ni máscaras. Es lo que se vislumbra en estas novelas, aunque sus argumentos sean bien distintos, tanto como la utilería narrativa que les da forma. Ovejero y Martín hablan del amor fingido que acaba alumbrando el amor genuino y del tedio de la existencia ordenada, pero sobre todo de que la mentira o la irresponsabilidad son tierras yermas donde no crece nada que valga la pena.

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