Al fin, ella también se decide a preguntar. Ya hace un par de días que la palabra corralito se ha incorporado al lenguaje de la crisis y ella necesita saber cómo se traduce el nuevo vocablo en su modesta economía doméstica. Acude a su oficina bancaria y pregunta por el director. Vaya, lo han vuelto a cambiar. Desde hace unos meses el baile de rostros en esa silla ha sido constante. Ya no está aquel que con tanto entusiasmo cantaba las excelencias de las participaciones preferentes. Tampoco el que tiró adelante el desahucio de sus vecinos, aquella familia de la que no ha vuelto a saber nada. El nuevo empleado la atiende con la sonrisa un tanto cansada. La respuesta es contundente. ¡Por supuesto que siempre podrá disponer de sus ahorros!, afirma ese rostro que, aunque se esfuerza por expresar vehemencia, delata el automatismo de los sermones que ya se han repetido demasiadas veces. No hay que hacer caso de los catastrofistas, concluye el director.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 18 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Ella se despide y vuelve a la calle con la inquietante sensación de que la catástrofe, como la espada de Damocles, pende justo sobre su cabeza. ¿Cómo dar un paso adelante para librarse de la amenaza? Quizá no llegue el corralito, pero no puede evitar sentirse acorralada. Las vías de escape son inversamente proporcionales al patrimonio. Camino de rosas para las grandes fortunas. De espinas para la modesta hucha de los ahorros de toda una vida.