Josep Maria Espinàs
Periodista y escritor
He sentido la muerte de Toni Nadal. No lo había tratado nunca personalmente, pero lo había visto a menudo en televisión. Pienso que, además de su competencia en meteorología y otros conocimientos, era un hombre agradable, de información precisa, que tenía ante la cámara un aire natural. Se presentaba como un amigo que nos cuenta cosas. Naturalmente, no sabía nada de su vida, tampoco de su pasión por la montaña, porque me permito decir que, contra lo que pueda parecer, ser meteorólogo y apasionado montañero no son dos cosas que vayan obligatoriamente juntas. Lo he sabido ahora que ha muerto en la montaña. Famosos montañeros internacionales han sucumbido también. La montaña da para vivir y para morir. Se recomie-nda periódicamente que un aficionado a la montaña debe ser prudente y debe desistir de enfrentarse con unas dificultades que superen sus aptitudes. Lo máximo que se puede ser es un poco valiente -no demasiado-. Y ante el atractivo de una cima o de una travesía hay que ser prudente. Mucho. Nadal tenía experiencia. No daba la impresión de ser un alocado, un temerario. Tenía una familia -a la que expreso mi sentimiento-, y es evidente que a los 40 años un hombre ya puede haber encontrado el equilibrio entre diversos estímulos y pasiones. No sé cómo y por qué murió, pero mi opinión me parece razonable: a la alta montaña no se puede ir solo. Claro que hay quien puede decirme que hay montañeros de primera categoría, con una experiencia extraordinaria, que van solos por caminos altos y difíciles. Bueno, seré más exacto y diré que no se debería ir solo. Porque una cosa es dominar la montaña y otra dominarse uno mismo. Durante la travesía o la ascensión, alguna pieza del cuerpo puede fallar. La vista, un pie, un músculo. Yo creo que para algunas experiencias -no solo las de montaña-conviene tener una compañía. Un contrapunto. Que uno pueda advertir al otro de que tenga cuidado, de aquellas piedras, de aquella inesperada pendiente. Ya sé que ir acompañado no es ninguna garantía. Pero mientras no se demuestre que uno es mejor que dos, pienso que la soledad no es buena.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 07 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Me puedo imaginar el placer y la emoción que debe proporcionar sentirse solo en un panorama alto y grandioso. Pero pienso también en la satisfacción compartida, la admiración intercambiada con palabras. El abrazo cuando se supera un paso difícil. Hago el intento imposible de abrazar a Toni desde aquí.