Al contrataque
Periodista
¿Y qué nos quedará ahora? Esperanza Aguirre se nos va lubricada con una destilación de lágrimas y aquellos que no somos de los suyos nos hemos quedado huérfanos y ya no sabemos quién nos dará el consuelo de tener la razón ante la torpe exuberancia verbal de la 'lideresa'. Ahora ya solo faltaría que se nos fuera Mourinho.
Información publicada en la página 72 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 19 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El día que esto suceda, ¿qué será Madrid para el resto del mundo? ¿Será un erial de palabras? ¿Un improbable templo del sentido común? ¿O tal vez la madrileñidad se irá recomponiendo con otros especímenes charlatanes para echar de comer a la prensa montaraz y rampante? La marcha de Esperanza Aguirre es una buena noticia para los mejores oficios de la democracia. Pero no por cercenar la pata de la hidra esta deja de crecer de nuevo.
Porque sin duda Esperanza Aguirre, cada vez que durante estos años se ha mirado en el espejo, debe haber pensado, como la madrastra de Blancanieves, que ella era la más bella del baile. No en vano dispone de un patrimonio personal que da seguridad y prestancia y un afán de protagonismo rayano en la desfachatez. La 'lideresa' nació en una sociedad que no tiene nada que ver con la sociedad. Ahora, cuando dice que se va, uno se pregunta si la enfermedad ha sido la causa --y si es así ahí estaremos dándole apoyo-- o existe otra enfermedad que no tiene nada que ver con las células del cuerpo sino con la insaciabilidad del alma.
Esperanza Aguirre no es solo hija de su abolengo y de su fortuna. Es, como diría el chotis de una conocida zarzuela, "hija del pueblo de Madrid". Ese Madrid de ejecutivos con camisas rayadas y cuello blanco, capaz de convertir cada acto de media tarde en la feria de las vanidades, es el caldo de cultivo de personajes como la señora que acaba de despedirse del escenario. Aguirre no es la cólera de Dios sino la conformidad de un espíritu predemocrático. A veces da la sensación de que eso del voto es una minucia a la que se agarran los pueblos débiles. Pero Madrid continúa considerándose la metrópolis. Y en la metrópolis no se vota. Ni la alcaldesa Ana Botella ni el ahora ungido Ignacio González saben lo que es probar su popularidad y ofrecer su confianza a las urnas. Y Aguirre ya demostró en el 2003 que la aritmética parlamentaria, cuando es adversa, siempre puede corregirse con un certero y oneroso 'tamayazo', a tanto por la abstención en la investidura. Ese fue el capítulo más definitivo de la historia política de la lideresa: ganar marrulleramente en la Cámara lo que los votos le negaron. En Madrid se vota poco. Más bien se confirma, se justifica, se olvidan los hechos más execrables de la elección política.
¿Viviremos mejor de ahora en adelante? Aquellos que no somos partidarios del populismo chabacano nos sentiremos aliviados. Pero en esa ficción de las dos Españas que la derecha intenta reforzar, la ausencia de la lideresa obligará a pensar algo y a decir cosas mínimamente serias, de esas que ni Rajoy ni sus camarillas pueden desenterrar del barro pútrido de la economía que ellos han amasado. Al menos Aguirre era motivo de risa. Ahora solo nos queda la angustia.
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