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Gente corriente

Excura 'rojo' de Santa Coloma. A sus 73 años, es abuelo y sigue activo a pie de calle como voluntario social.

«Al acabar el turno en la fábrica, hacía de sacerdote»

Miércoles, 22 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
GEMMA TRAMULLAS

Nació en Vandellòs, pero ha labrado su personalidad en el barrio del Raval de Santa Coloma de Gramenet. «¡Joan!, ¡Joan!». Es imposible pasear con él sin que le paren, cada dos por tres, niños, madres y abuelos.

Joan puig

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Información publicada en la página 76 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 22 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

-¿Te ríes? A mí, si la gente me saluda, me parece que es importante.

-A mí también, por eso sonrío. No se lo tome a mal.

-Por favor, no me hables de usted, me hace sentir muy lejano. ¡Mira! (y señala una plazoleta). Aquí es donde predico yo ahora.

-¿?

-Es una broma. Quiero decir que me siento aquí y hacemos tertulia entre todos. ¿Sabes qué quiere decir predicar? Hablar de lo normal, de la vida. ¿Ves este edificio pintado de allí delante? Era la iglesia de Sant Jaume. Aquí di mi última misa, en 1976, y luego me casé.

-¿Por qué dejaste el sacerdocio?

-Incluso después de Franco tenía que seguir celebrando bautizos de niños de familias que yo sabía que no eran creyentes. Se lo dije al obispo, pero él me mandó seguir bautizando. «Pues venga y bautícelos usted -le dije-. Yo me voy a mi casa a pensar si sigo siendo sacerdote o me quedo solo en obrero».

-¿Es que simultaneabas el hábito con la fábrica?

-Sí. Al acabar el turno, a las tres, me iba a comer y, por la tarde, hacía de sacerdote. No puedes amar a los demás si no vives y sufres como ellos. Entré en la fábrica para saber qué era ser un obrero y seguí siendo sacerdote, pero sin cobrar.

-¿Cuál fue tu primer contacto con el mundo obrero?

-A los 20 años vine a Santa Coloma y conocí a familias obreras, pero cuando me ordenaron sacerdote, en 1963, me mandaron a Montjuïc, ¡con 15.000 habitantes en barracas! Subía a la montaña con una moto Bultaco, pero la sotana se quedaba tan hecha un asco que la cambié por una Lambretta. Allí daba misa en una barraca de madera, pero sobre todo aprendí a escuchar y a hablar como la gente humilde.

-¿Qué te enseñó aquella gente?

-Todo. Yo salía del seminario y no sabía nada. Socialmente una persona sola es cero, pero dos personas que interaccionan a través del diálogo y crean las empatías necesarias llegan a ser no dos, sino cuatro, y así vas multiplicando hasta tener mucha fuerza. Con aquella gente le ganamos al alcalde Porcioles, que tuvo que darles pisos en el Besòs. En 1968 volví a Santa Coloma y logramos cosas que parecían imposibles.

-Con esta crisis, ¿dónde están los sacerdotes?

-Son capellans, gente que está en la capilla, dentro de la iglesia. Pero Jesús estaba en la calle y los sacerdotes que coincidimos en aquella época nos acercamos adonde estaba la gente.

-Incluso a la cárcel. A los curas rojos os encarcelaban por instigar manifestaciones.

-Yo era un sacerdote que no solo decía, sino que hacía. No era un revolucionario, yo diría más bien que era un formador: ayudaba a pensar las cosas y a luchar para conseguirlas.

-Hoy cuesta más movilizarse.

-Hay mucha gente que no cree en sí misma ni en sus posibilidades. No es que hayamos dejado de creer en Dios, sino que hemos dejado de creer en nuestra fuerza para cambiar las cosas. No nos implicamos porque pensamos que supondría un desgaste, pero es al revés: implicarse es lo que nos llena.

-Si tuvieras que movilizar hoy a la masa, ¿por dónde empezarías?

-Por las mujeres. Son las más valientes. Por un instinto de supervivencia y por la maternidad, que la convierte en un ser que ampara, la mujer se lanza a la calle como una fiera.

-Gracias, Joan.

-¿Ya está? ¿Y todo lo que se consiguió en Santa Coloma? ¿Pero no venía a hablar de eso?

A principios de los años 60, las condiciones de vida en Santa Coloma eran infrahumanas, con calles que eran ríos de orines y sin alumbrado. Sacerdotes como Joan y, antes que él, mossèn Esquirol, impulsaron centros sociales y se aliaron con obreros, madres de familia analfabetas, cristianos y comunistas que, unidos por la necesidad, salieron a la calle a exigir sus derechos. Con espíritu reivindicativo pero lúdico las luchas vecinales lograron cosas tan básicas como semáforos, plazas, un dispensario y una biblioteca pero también objetivos aparentemente inasequibles, como echar atrás un plan parcial que iba a aplastar el barrio bajo una selva de hormigón. En aquel espacio respira hoy el parque del Motocròs.

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