Catalina Gayà
Periodista
-El primer viaje Barcelona-India fue en 1971. Tenía 29 años, habilité una furgoneta como vivienda, hice un curso de mecánica y me fui sola.
Información publicada en la página 56 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 28 de enero de 2011 VER ARCHIVO (.PDF)
-Desde Barcelona... ¿Es alemana?
-Nací en Austria. Mi padre era arquitecto y lo destinaron a Austria para construir un aeropuerto. Nunca quiso afiliarse al partido nazi, así que lo mandaron al frente y lo mataron. Cuando se acabó la guerra, mi madre cogió a sus tres hijas, yo tenía 3 años, y cruzamos los Alpes a pie. ¡Tardamos nueve meses! Recuerdo a los muertos y el hambre.
-¿Qué la trajo a Barcelona?
-Mi madre vino con su padre a la Exposición Universal de 1929 y se enamoró de la ciudad. Al acabar Arquitectura, regresó. Le tocó la guerra y la echaron. En 1961, vinimos las dos haciendo autostop. Yo estudiaba publicidad y fotografía en Alemania.
-Siga.
-En ese viaje vimos unos perritos hechos con hierro forjado y mi madre pensó que podíamos exportarlos a Alemania. ¡Íbamos y veníamos con una furgoneta! Luego hicimos peluches. Tuvieron mucho éxito y mi madre y mis hermanas se trasladaron a Alella. Yo seguí en Alemania.
-¿Cuándo llegó?
-En 1963 la Feria de Muestras de Barcelona me contrató para hacer unas fotos. [Ríe] Me monté en un andamio para tomar fotos. ¡Yo era joven y rubia! Vino la Guardia Civil para ver qué hacía y los bomberos me obligaron a bajar.
-¿Qué hacía?
-¡Mi trabajo! Luego me hicieron montones de ofertas. Jaime Camino me propuso hacer la foto fija de Los felices 60. Conocí a Maspons, a Dalí.
-Se integró en la gauche divine.
-No. Era demasiado sofisticado para mí. ¡Solo iba a bailar a Bocaccio!
-Pero conoció a Dalí.
-Me hizo unos dibujos en los que yo era medio virgen gótica y medio leona. Gala impidió que me los regalara. Por ahí tengo un libro dedicado.
-Ya no andaba sobre andamios.
-[Se ríe] Fotografié el Somorrostro y me dieron el premio Negtor. Danis, la agencia de publicidad, me contrató como directora de arte. ¡Pasaban muchas cosas! Fui la directora creativa de Phillip Morris e hice la campaña europea de... ¿Se acuerda del vaquero? Esa. Luego Troost, la agencia más importante de Alemania, abrió sucursal en Barcelona y me contrató. Viajaba, vivía en hoteles y cada vez estaba más intranquila.
-¿Intranquila?
-Gané el Premio Rizzoli con una campaña para Muratti Ambassador ¡Yo no fumo! Me pidieron un trabajo sobre medioambiente. ¡Al fin algo moral! Hasta que me di cuenta de que quienes pagaban eran los que contaminaban. ¡No lo hice y me fui!
-Regresó a Barcelona.
-Sí. Planeé ir a la India en una Volks-wagen con dos amigos de aquí. Al final ellos no pudieron y yo me fui. Italia, Grecia, Turquía, donde me escapé a puñetazos de unos hombres que me querían violar, Irán y Afganistán, que me cautivó, y, al final, la India. Y me fui a Goa.
-Le pilló la guerra Pakistán-India.
-Cerraron las fronteras. Empecé a meditar, a practicar yoga. Hice miles de fotos. A los nueve meses salí en un convoy. Regresé, pero no podía vivir en mi piso de Cadaqués. ¡Dormía en la furgoneta! Tenía claro que a la publicidad no regresaba. Me fui a París a dar un curso para Kodak y expuse en La Cova del Drac mi trabajo sobre el Tíbet, pero quería irme.
-¿De dónde sacaba el dinero?
-Con dos amigas montamos Bakshish, una tienda de decoración con las artesanías que había traído. Era única en la ciudad. ¡Me monté en la furgoneta y me fui de nuevo!
-Como su madre, vaya.
-Sí. Hice dos viajes más. Luego me cambió la vida. Tuve a mis dos hijas y con una de mis hermanas montamos una marca de ropa para niños: Gehrina, sueños infantiles. De nuevo tuvimos éxito y seguimos hasta 1989. La fotografía quedó dormida.
-¿Por qué hasta 1989?
-Los médicos me pronosticaron cuatro meses de vida. Me iba paralizando, pero sobreviví.
-Y ahora recupera sus fotos.
- Me dedico al diseño de moda y al industrial y a dar clases de yoga, pero, de repente, vuelvo a tener presentes las fotos, los viajes...
-Expuso sus fotos de Afganistán.
-Sí. Tengo la memoria de ese país maravilloso del que ahora solo vemos violencia.