El Periódico

La rueda

Olga Merino

Olga Merino

Periodista y escritora

La asignatura pendiente de Rusia

@olga_merino

Viernes, 28 de enero del 2011

Siempre que pienso en Chechenia, en lo que fueron las dos guerras cicatrizadas en falso, me viene a la cabeza una imagen que se superpone a todas las demás: una anciana arrastraba un trineo con lo poco que había salvado de entre los escombros de su casa. Mantas, una cacerola de aluminio, un cámping gas. El cutis y los ojos azulísimos certificaban que la mujer no podía ser más rusa. Había trabajado toda su vida para el Estado soviético y, en el súmmum del absurdo, ese mismo Estado reconvertido se lo había arrebatado todo y la había obligado a cobijarse en un sótano. La mayoría de los habitantes de la capital chechena vivían así, como topos humanos que solo emergían del subsuelo cuando aflojaba la aviación; deshacían nieve para beber y asearse, buscaban comida, respiraban. Esta cronista deambulaba por aquel Grozni fantasmal con otros tres periodistas varones. El fragor de la artillería retumbaba en la caja del pecho. Yo tenía miedo y lo dije en voz alta (si eres mujer, puedes verbalizar tus miedos sin que nadie te cuestione por tenerlos). En realidad, todos estábamos cagados; la abuela era la única que había neutralizado el miedo a fuerza de padecerlo.

Han transcurrido más de 15 años desde entonces y el sinsentido en el Cáucaso pervive con más saña todavía después del atentado suicida del lunes, que se cobró 35 víctimas mortales. Moscú promete un «castigo implacable» a los culpables de un crimen atroz, desde luego. Pero precisamente fue la brutalidad desplegada por el Kremlin el alimento de la bestia: lo que había comenzado como un deseo huidizo de independencia tras el desplome de la URSS derivó a base de encarnizamiento hacia el fundamentalismo islámico.

El problema del Cáucaso, bisagra natural entre Europa y Asia, se arrastra desde el siglo XIX. El maestro Tolstói, que hizo campaña militar en la región, conoció a fondo a los chechenos y comparó su espíritu irredento con la reciedumbre del cardo en el relato Hadjí Murat: «Se veía que la planta había sido aplastada por una rueda; pero había vuelto a erguirse y seguía viva». La violencia solo genera más violencia.

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