Dídac Ramírez
Rector de la Universitat de Barcelona.
Nuestra sociedad vive momentos complicados, y la universidad es una institución independiente que suma a las tradiciones del pensamiento los adelantos en las reflexiones críticas y las aportaciones a la ciencia, lo que permite afrontar el futuro con fuerza y optimismo.
Información publicada en la página 5 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 27 de diciembre de 2010 VER ARCHIVO (.PDF)
La responsabilidad de los gobiernos de las universidades es, pues, consolidar la calidad de la docencia, la excelencia de la investigación y la eficacia de todos los procesos de transferencia, que en un contexto de crisis económica con dificultades de financiación nos obliga a una mejor gestión aun de los recursos propios. Las universidades están respondiendo a este reto con rigor, tranquilidad y eficiencia, en definitiva, con éxito, comparativamente hablando.
Desde la Universitat de Barcelona hemos visto crecer nuestro reconocimiento. La UB es la primera universidad española, según los ránkings internacionales, y esta condición nos llena de orgullo, pero nos hace sobre todo deudores con nuestra sociedad de un compromiso de buena gestión, de cambio tranquilo y de responsabilidad de gobierno. Este compromiso universitario debe ayudar a identificar problemas y retos de nuestra sociedad y a dar respuesta desde el pensamiento científico y la investigación, y también formando a personas preparadas que puedan acceder al mundo profesional y a la reflexión intelectual, con fuerzas renovadas.
Por este motivo, como rector de la Universitat de Barcelona y de una universidad pública, me parecen poco acertadas, e incluso peligrosas, las declaraciones y la posición de sectores y personas que plantean separar la gestión efectiva del mundo universitario para traspasarla a gestores o personalidades de prestigio procedentes de la gestión privada y nombrados por las administraciones públicas.
Creo que ahora es momento de afirmar con claridad y contundencia: «A la universidad lo que es de la universidad». Nuestras universidades son instituciones que agrupan sectores complementarios y diferentes: alumnado, profesorado, personas dedicadas a la investigación y personal de administración y servicios. También se suman a ello distintas disciplinas y perspectivas intelectuales. Asimismo, nuestras universidades abarcan, en un marco de diálogo, todas las corrientes del pensamiento. En un contexto democrático se eligen las personas y los programas, se cuenta con un amplio abanico de gente preparada y con gran capacidad para gestionar desde los intereses universitarios, pero escuchando y teniendo muy presente el entorno social.
El rector y el equipo de gobierno plantean programas de gestión que toda la comunidad universitaria refrenda y que a la vez son un compromiso y un propósito de mejora. Para que esto sea posible, todas las piezas deben encajar: la acción de gobierno, la labor de gerencia, los órganos de gobierno, incluyendo el Consejo Social, y las relaciones con las diferentes administraciones públicas. La comunidad universitaria, además de las propias elecciones, dispone de mecanismos eficaces de control, de sugerencia y de crítica al trabajo de gobierno, como por ejemplo las asociaciones, los sindicatos, los colectivos internos, los órganos de gobierno, el contacto con el equipo de dirección, etcétera. Alguien puede pensar que toda esta estructura puede ser disfuncional y carente de agilidad, pero más disfuncional puede acabar siendo el promover discursos que planteen el Consejo Social como un organismo alternativo de gestión, o que gerencia ponga palos en las ruedas a la marcha de la universidad. Un organismo fiscalizador y de elección no democrática que puede suponer un retroceso en la autonomía universitaria, tal como ha avanzado en el último periodo democrático. No es casual, y en cualquier caso da que pensar, que desde el claustro de la Universitat de Barcelona se pida la dimisión del presidente del Consejo Social. Yo interpreto este pronunciamiento sobre todo por lo que significa: «A la universidad lo que es de la universidad».
El rector es la máxima autoridad de la universidad y, por lo tanto, el máximo responsable de los éxitos y los desengaños que cosecha. Debe ser respetado sin poner en riesgo su autoridad para garantizar un modelo que funciona y hace de la universidad pública española una institución en crecimiento y atractiva. En todo caso, creo que se debe actuar escuchando los argumentos de todo el mundo, buscando las razones que hay en todas las críticas y haciendo cada día mejor la gestión y el buen gobierno. La universidad necesita recursos y autonomía de gestión para hacer frente al papel que le corresponde. Los falsos debates o las propuestas de intervención en la gestión de nuestras universidades públicas tienen demasiadas veces un trasfondo político e ideológico, unos objetivos económicos que nos alejan del papel que la sociedad nos ha confiado desde hace muchos y muchos años. Hay que saber estar. Este es mi compromiso con la Universitat de Barcelona y con mi país.
Rector de la Universitat de Barcelona.