Un país son también sus canciones, sus novelas y sus películas. Barcelona tiene un amplio abanico de recreadores. De La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda, a La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, y todos los registros de Juan Marsé. Nueva York, por su parte, es al mismo tiempo La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe, el Manhattan de Woody Allen y el Taxi Driver, de Martin Scorsese. París es Honoré de Balzac, Emile Zola y las pesquisas de Maigret, comisario escéptico y tierno, hombre de pot-
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au-feu. El País Valenciano, de gran tradición pirómana, suele quemar a sus intelectuales en actos inquisitoriales más o menos metafóricos. Joan Fuster aprovechó el fuego autóctono para autorretratarnos en Combustible per a falles. Ahora, Rafael Chirbes, un valenciano muy leído en Centroeuropa, ha dibujado en su novela Crematorio el país que entre todos hemos enladrillado, un monumento literario alzado sobre la especulación inmobiliaria de nuestra costa y sus efectos sobre los microcosmos personales. Quizá por ello es tan respetado en Centroeuropa.