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Miércoles 23 agosto 2017

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ESTOY EN BERLÍN

Todo por el techno

La música electrónica se ha convertido en el icono del espíritu rebelde de Berlín, que acoge tanto fiestas con fama internacional como 'raves' ilegales

Todo por el techno

El DJ estadounidense Maceo Plex, en una de las fiestas Boiler Room de Berlín.

Son las nueve de la noche de un sábado de final de verano. Perdidos en un bosque a medio camino entre Berlín y Potsdam, la oscuridad se hace cegadora. Al final de un sendero vigilado por árboles negros se entrevén unas luces que parpadean incansablemente. Un grupo de jóvenes se congrega alrededor de una figura alta, musculosa y rubia que estudia la mesa de mezclas. «Hace dos semanas montamos una 'rave' y terminamos reventando el equipo de sonido. Esta noche venimos preparados», dice T., un 'deejay' berlinés que pincha en los clubs más prestigiosos de la capital. El silencio queda ahogado por el atronador ritmo de unos bajos que hacen temblar la naturaleza que les rodea. Empieza la fiesta.

En 1989 la caída del muro de Berlín abrió la puerta a un nuevo mundo de rebelión. El techno, así como el punk en Inglaterra, se convirtió en un movimiento contracultural de protesta y evasión social que aún perdura en la retina berlinesa. Ahora, la fiesta es vista como un bien cultural en Alemania. Prueba de ello es la sentencia judicial que a principios de septiembre dictaminó que Berghain, el emblema techno más desenfrenado del mundo, es cultura y no entretenimiento. Esta antigua fábrica industrial de aires soviéticos en la que el sexo libre, el techno y el éxtasis bailan agarrados en una espiral psicodélica está en la misma categoría que un concierto de la filarmónica de Berlín.

La reivindicación política ha dejado paso al hedonismo en las nuevas reuniones clandestinas de la noche berlinesa, pero aún hay vías de escape alternativas. Las 'raves' ilegales son vistas como una forma perenne de transgresión en la capital, cuna del techno en el continente. A pesar de esa voluntad, la fiesta en Berlín sigue siendo un placer colectivo transversal que no se cuestiona. Incluso cuando la policía interrumpe el jolgorio y el delirio de la 'rave' el desalojo es amistoso, con el gesto de tierna simpatía de aquellos que también se sumarían si no estuviesen de servicio.

BOILER ROOM, UN FENÓMENO MUNDIAL

Es una tranquila tarde de miércoles pero eso no impide las ganas de fiesta. El Club Arena, un antro mal ventilado frente al río Spree, se transforma en una capilla térmica en la que el DJ evangeliza a sus fieles seguidores en el mandato del techno más oscuro. Los bajos retumban y el público enloquece. Hay todo tipo de gente. Desde el curioso que observa y repasa cada gesto estudiado del pinchadiscos al grotesco aquelarre de cuerpos inertes que se extasían salvajemente mientras sus mandíbulas se zarandean a un lado y al otro de la pista de baile.

Las Boiler Room nacieron en 2010 en Londres como auditorios de música electrónica, para reivindicar la figura del artista. Seis años más tarde este proyecto musical se ha expandido por todo el mundo sirviéndose de un formato sencillo en el que 'deejays' de primer nivel y nuevos descubrimientos son los protagonistas mientras que el público, seleccionado a través de un ansioso sorteo 'online', baila detrás en un segundo plano. Las visitas a sus sesiones en Youtube se cuentan por millones.

Pero en Berlín, vinculada inevitablemente a la electrónica underground, incluso eventos selectos y perfectamente legales como las Boiler Room pueden irse de las manos. «Una vez tuvo que venir la policía a echarnos porque seguimos bailando más allá de la hora permitida», cuenta Onur, un joven turco que reside en la capital. El ansia fiestera de Berlín parece no tener límites.