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Sábado 21 octubre 2017

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Un pedazo de historia en la reja

En la calle de Ferran, unos ramos de flores homenajean a un joven comunista asesinado por la policía en la Diada de 1978

Un pedazo de historia en la reja

La de Ferran es una calle de esas con las que muchos barceloneses tenemos una relación de amor-odio. La evitamos porque la sabemos abarrotada de palos-selfi y/o grupos de guiris cerveza en mano que nos hacen sentir forasteros en nuestra propia ciudad, pero cuando acabamos en ella no podemos dejar de pensar en lo acogedora que es y lo llena de vida que está. Y eso a pesar de que, a menudo, más que pasearla, la trotamos como vía rápida entre la línea amarilla del metro y la Rambla.

En uno de esos trotes andaba cuando levanté la cabeza. Atrajo mi atención el colorido de unas flores que parecían trepar por la pared. En realidad, eran ramos engarzados en una reja negra, lúgubre como de mansión de Drácula, que, evidentemente, estaban ahí como homenaje. ¿A quién? Una placa, sujeta con bridas al hierro, me lo aclaró: "GUSTAU A. MUÑOZ / Militant de la Unió de Joves Marxistes-Leninistes / Assassinat per les forces d'ocupació l'11 de setembre de 1978".

Texto Alternativo

Gustau Adolf Muñoz tenía solo 16 años cuando murió, pero los 16 años de 1978, políticamente hablando, tenían poco que ver con los de ahora. Nacido en Sevilla, llegó de muy niño a Barcelona con sus padres y sus cuatro hermanos. Acabado el graduado escolar, dejó los estudios y se puso a trabajar. Primero en un supermercado, luego en una agencia de viajes, al tiempo que estudiaba inglés. Y empezó a militar en política, apoyando a trabajadores que luchaban por sus derechos, a estudiantes que no querían perder el instituto nocturno (lo que les impediría estudiar y trabajar a la vez), a discapacitados a quienes las barreras arquitectónicas y mentales privaban de participar activamente en la sociedad. Esas luchas le llevaron al Partido Comunista, en cuyas juventudes se enroló.

DIADA SANGRIENTA

El 11 de septiembre de 1978, Muñoz se echó a la calle, como tantos barceloneses valientes, para secundar las movilizaciones organizadas por diversas formaciones políticas, entre ellas el PCE. Lo de 'valiente' no es retórico ni gratuito: podía haber muerto el dictador, pero la represión se resistía a acompañarle, y las cargas policiales, con lanzamiento de pelotas de goma, fueron durísimas. El sector más radical de los manifestantes respondió con botellas incendiarias, y la policía endureció aún más la represión: aparecieron agentes de paisano armados, que persiguieron a quienes protestaban. A manos de uno de ellos murió Muñoz, de un tiro en la cabeza frente al número 34 de la calle de Ferran, donde el antiguo Sindicato de Banqueros tenía su sede.

Nadie pagó por la muerte de ese chico de 16 años en esa democracia en construcción. Ni siquiera pudo ser enterrado en paz, ya que las autoridades hicieron lo posible por evitar que el sepelio se convirtiera en un homenaje e incluso lo aprovecharon para detener a compañeros de partido de la víctima. Su caso entró en una romería judicial que acabó en sobreseimiento en 1983. A la espera de que tal vez se le haga justicia en Argentina (la muerte de Muñoz entró en la querella presentada allí contra el Estado español), todos los 11 de septiembre se le homenajea en Barcelona en el lugar en el que fue asesinado, y las flores se quedan allí, en la reja, para que todo el que pase por delante tenga la oportunidad de preguntarse si la historia es como nos la cuentan.