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Viernes 24 noviembre 2017

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PARA FIARSE

De toda la vida

Estos restaurantes a prueba de guiris, 'hipsters' y 'foodies' han perfeccionado hasta límites insospechados la cocina casera

De toda la vida

Una mesa del Gelida, con el indispensable porrón. RICARD FADRIQUE

Gelida

PORRÓN Y CUENTA NUEVA

Diputació, 133. T: 93.453.79.97

Llego a Gelida sobre las tres de la tarde y me topo con Álvaro de Marichalar esperando en la cola, como un plebeyo más, ansiando su dosis de colesterol. Local septuagenario, con azulejo, formica, guiños culés y barullo de casa de comidas. Dicen los expertos que el capipota y la tripa de este santuario no tienen rival. Mis conocimientos cárnicos no llegan a tanto, pero siempre que los pido, los platos acaban como recién salidos del lavavajillas. Sería una impertinencia no hacer caso a los cantos de sus callos y galtes de cerdo, al crepitar de sus boquerones fritos o a las formas sinuosas de su legendario fricandó. Gelida huele a restaurante de pueblo y sabe incluso mejor.       

La Pubilla

COMO EN CASA

Plaça de la Llibertat, 23. T: 93.218.29.94

Al lado del mercado de la Llibertat, la casa de comidas La Pubilla ha demostrado que no hace falta ser un espacio octogenario para ofrecer buena manduca casera. Aquí se imponen los desayunos de cucharón, cenas a la carta y un menú de mediodía de 16 euros de una calidad suprema. Cocina de mercado, casera y con sustancia. La lista de hits es interminable. Los bacalaos, las terrinas, los huevos fritos con butifarra o panceta, y mis debilidades: la tortilla de judías y butifarra, y la de sobrasada y garbanzos. Tan pecaminosas que deberían estar prohibidas.

Brusi

ENTRE CALLOS ANDA EL JUEGO

Llibreteria, 23. T: 93.315.05.59

Texto Alternativo

Los célebres callos del Brusi: el tiempo se ha detenido en la cazuela. RICARD FADRIQUE

En Brusi el calendario se ha congelado en la década de los setenta. Se agradece tamaño islote de autenticidad en el epicentro de la marabunta guiri. Ni un solo turista se atreve con él, y que así sea hasta el fin de los tiempos. ¡Que la cocina casera de la señora Montserrat no se pervierta! En este bar-restaurante, los ataques de gula se resuelven con la alquimia de la mestressa. Tortilla de calabacín suprema, una butifarra con champiñones irresistible, arroces de guerrilla para mediodías tontos... De todos modos, si no hundes la nariz en su legendaria ración de callos a 4,5 euros, cometerás uno de los mayores errores de tu vida: otra liga.   

Alastruey

VALORES FAMILIARES

Mercaders, 24. T: 93.319.11.32

Escondido en las cercanías del mercado de Santa Caterina y con más de 40 años en la chepa, Alastruey ofrece cocina de mercado con sustancia, tradición y materia prima de calidad. Y a precios muy razonables. El mimo se percibe en todos los platos de su carta y celebradísimo menú de mediodía: por 15 miserables euros te llenas la panza con dos platazos que saben a gloria. La ensaladilla rusa de Josefina merece ser patrimonio de la humanidad; también las croquetas y las tortillas. Y de los fogones solo despegan recetas con solera: escalopa a la milanesa, alcachofas, judías con butifarra, un fricandó estelar… Por cierto, sus calamares a la romana te devolverán a la infancia. Servilleta en la pechera permitida.

Wakasa

JAPÓN EN EL PUCHERO

Nàpols, 287. T: 93.208. 18.66

Esta es la historia de un humilde matrimonio japonés que abre un restaurante en Barcelona de cocina nipona casera.Y el pequeño negocio, con el paso de los años, se convierte en un lugar de culto. Wakasa es casi una religión para sus habituales. Cocina japonesa casera, tradicional, familiar, al más alto nivel: el equivalente nipón a la cocina de la yaya. Ella atiende al personal con una entrañable pizarra de imanes japoneses a modo de carta; él maneja los fogones. Deja las prisas fuera, aquí van a su ritmo, pero merece la pena esperar por el udon casero, el toro braseado, el atún con huevo a baja temperatura y erizo, la flor de loto encurtida, la caballa, el tofu o las tablas con nigiris gigantescos. Saldrás en carretilla.