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Miércoles 22 noviembre 2017

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Gourmet's / una oferta 'secreta'

Placeres clandestinos

Barcelona tiene locales muy discretos donde comer y beber, ideales para clientes que no quieren ser vistos

Placeres clandestinos

El acceso a El cuarto frío se hace por una puerta alicatada y con estanterías.EL PERIÓDICO

Placeres clandestinos

La entrada a Paradiso es una puerta de madera de una nevera.FERRAN NADEU

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Speakeasy, el almacén de Dry Martini reconvertido en restaurante.SERGIO LAINZ

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El cuarto frío, salita clandestina de Suculent para seis personas.EL PERIÓDICO

Placeres clandestinos

Paradiso, coctelería secreta de Pastrami Bar, que esconde otra sala, Macallan.FERRAN NADEU

En tiempos de 'gran hermano', en los que todos, absolutamente todos, estamos controlados (ya sea al sacar dinero de un cajero, al ser grabados por las cámaras de seguridad de cualquier establecimiento, al dejar rastro de nuestras idas y venidas en las redes sociales...), ¿cómo desaparecer de los radares durante un tiempo para disfrutar de una comida y, ya de paso de una compañía de la que nadie debería saber? Pues yendo a un clandestino.

El famoso muy famoso harto de los fans, el político que come con otros políticos para urdir pactos de todo tipo, la mujer que se cita con uno de sus varios amantes y no quiere que su rico marido la pille en sus brazos... Todos ellos pasan por allí, y ya es cuestión suya apagar el móvil para estar en la más absoluta clandestinidad.

No son supersecretos, pero sí muy discretos. Al fin y al cabo, se trata de un negocio y el cliente debe saber que existen. No suelen estar a la vista desde el interior del local y pueden tener otra puerta de acceso.

SPEAKEASY, PIONERO

Javier de las Muelas fue uno de los primeros en abrir un clandestino en Barcelona. Y le puso el nombre de Speakeasy porque así se llamaban los bares clandestinos que surgieron para burlar la ley seca de Estados Unidos. Al principio, para homenajear aquellos garitos, también se pedía contraseña. «¿Cardenal Martini?», preguntaba el barman a un lado de la puerta. «Papa», debían responder los clientes (entonces, finales de los años 90, solo amigos) al otro lado, en la calle de Còrsega.

Con el tiempo, Speakeasy ha ganado popularidad y ha perdido ritos como la contraseña, ha pasado de servir cócteles y huevos fritos, patatas fritas y un canapé en honor a Lola Flores a dar cenas de verdad bajo la batuta de Carles Tejedor, pero mantiene la decoración propia de lo que sería un espacio clandestino, casi de almacén donde se guardan las cajas y las botellas que surten a Dry Martini, la coctelería donde se esconde.

«En Nueva York y Londres, los clandestinos funcionan de verdad. Pero aquí es más complicado, y al final tienes que darlos a conocer porque sin clientes no se sostienen, explica De las Muelas. No hacen publicidad, pero tampoco esconden que tienen esos espacios.

Le pasa a Javier Cotorruelo, que con el boca-oreja va llenando El cuarto frío, un curioso espacio situado junto a la cocina de Suculent al que se accede por una puerta que parece la pared, alicatada y con estanterías. «Cuando vino el inspector del ayuntamiento decía que no coincidían los metros cuadrados que ponía en el plano con sus mediciones. Ni se dio cuenta de que había una sala ahí detrás», recuerda entre risas el empresario, que ha servido a Shakira, a Estopa, a políticos...

Gente que quiere desaparecer del mapa por un rato para disfrutar de la carta, del menú del chef o de cualquier capricho que puedan prepararles en ese espacio para seis personas.

PUERTA DE NEVERA DE MADERA

En Barcelona hay varios lugares más con esa filosofía. A la coctelería Paradiso se accede al abrir la puerta de una nevera de madera de Pastrami Bar. «Mucha gente come algo aquí y no sabe que también tenemos el Paradiso. Pero no lo explicamos porque el boca-oreja nos funciona muy bien», cuenta Carla Rodamilans sobre un clandestino que, tal si fuera una matrioska, esconde otro clandestino llamado Macallan, que solo se abre para actos privados.

Hay más, aunque no muchos. Entre los más destacados, Rasputín, en la hamburguesaría eco El Filete Ruso; Nikkei BCN, donde el chef monta sesiones gastronómicas privadas de cocina japonesa y mestiza a las que solo es posible apuntarse por Facebook; y Privanda (encima del restaurante Vivanda, uno de los locales que regenta Jordi Vilà), acaso el más clandestino de todos porque allí el chef solo cocina para amigos muy de vez en cuando y no está abierto al gran público.