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Yihadistas medievales

Sebastián Roa relata en 'El ejército de Dios', una trepidante novela histórica, el avance de los rigoristas almohades sobre el tolerante Al-Ándalus y las luchas de los reinos cristianos

ERNEST ALÓS / BARCELONA

Miércoles, 11 de marzo del 2015

El escritor y policía Sebastián Roa, la pasada semana en Barcelona.

No hace falta inventarse un mundo imaginario como el de George R. R. Martin para crear una saga de miles de páginas con reinos enfrentados, intrigas feudales, casas señoriales que cambian de bando sin ningún escrúpulo, bellezas que no tienen nada de dama virginal y combates relatados a base de sangre, barro y choque de metales. La historia medieval ofrece un material inacabable y Sebastián Roa lo está aprovechando a fondo en la trilogía sobre el periodo almohade, el fanático movimiento surgido de las montañas del Atlas que durante casi 70 años detuvo en seco el avance de los reinos cristianos en la Península, que ya tiene su segunda entrega en El ejército de Dios (Ediciones B), que alcanza hasta la derrota castellana en Alarcos a manos del califa Yaqub, el Victorioso.

Sebastián Roa (Teruel, 1968), abogado, inspector de policía destinado en Valencia desde hace 12 años y dedicado a la investigación de robos con violencia, opta por lanzarse a la novela de aventuras, escrita con nervio sobre un armazón histórico (en este caso las luchas entre Castilla, León y Navarra, y entre los reinos cristianos y los almohades) antes que hacer «historia novelada». Pero también quiere «utilizar la novela histórica para que el lector actual se vea reflejado en lo que sucedió hace 800 años».

En Juego de Tronos -prosigue- un universo fantástico que se ha inventado ese tipo aunque tenga muchas referencias medievales, al final lo que está haciendo, cuando describe las intrigas palaciegas, con los mandatarios que pactan, se traicionan o manipulan al pueblo a su favor, son cosas actuales. ¿Por qué no lo vas a hacer también con la novela histórica?».

En su opinión, «comparar el fanatismo almohade del siglo XII y el que existe ahora es inevitable y las bases ideológicas son las mismas, la herramienta que utilizan, la yihad, es la misma, y sus primeras víctimas eran otros musulmanes, como está ocurriendo ahora. Igual que son los peshmergas los que les están resistiendo, entonces los primeros en hacerlo fueron los andalusíes, que eran tratados por ellos como no musulmanes porque se consideraban los únicos musulmanes auténticos». La novela empieza con la lapidación pública de dos homosexuales en Sevilla. Los almohades, acabaron con la presencia cristiana en sus tierras y obligaron, y eso sí que es un pedazo de paralelismo, a llevar una marca amarilla en la ropa a los judíos conversos.

En la trilogía de Sebastián Roa quienes aparecen retratados con tintes más positivos son los musulmanes españoles, los andalusíes. «Sí. Los nuestros. El islam medieval es, junto con Roma, lo más importante que le ha pasado a España. Es un islam muy particular, muy ecléctico, muy ilustrado y muy relajado. Estamos ignorando una parte de nuestra historia que es muy importante». Recuerda cómo en la asignatura de historia del Derecho, «los ocho siglos de la España musulmana tenían solo cuatro páginas que, además, los profesores ya te avisaban que no entrarían en el examen».

Pero aunque destaque los paralelismos con la actualidad, Roa quiere ir con cuidado, también, con el «presentismo». No le gusta, dice, «utilizar una novela para plantar una bandera», como se hace tan a menudo con la historia medieval «desde puntos de vista centralistas o periféricos». En El ejército de Dios aparece como una lacra la desunión de los reinos cristianos, pero no un discurso nacionalista que resultaría anacrónico.

Y es que Roa, además de alumno del best-seller Santiago Posteguillo, que lo recomienda sin ambages, es un apasionado de la historia medieval. Se ha documentado a fondo leyendo a las autoridades en el periodo en que se desarrollan sus novelas (Huici Miranda, García Fitz, José Luis Corral) y lleva cuidado en señalar dónde se ha apartado (aunque sea solo en dos meses) de los hechos históricos. «Pero tenemos que quitar de la cabeza de la gente que la novela histórica es historia novelada -precisa-. Si es una novela, ha de tener libertad en todos los sentidos. No puedes estar constreñido. Hablar de licencias para mí está fuera de lugar: es ficción. Pero sí hay un lector en la novela histórica que ve muy mal que te salgas de los hechos. Por eso siempre incluyo un epílogo en mis novelas aclarando dónde meto mano, para que tenga claro el que se asome aquí y quiera aprender historia que algunos puntos no son veraces, aunque sí verosímiles. Es un ejercicio de honradez».

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