Se llamaba Sam Cortina y era pianista. Si la vida le hubiese tratado bien, habría podido ser uno de esos millonarios caprichosos con una mansión en la Costa Azul y un palacete entre jardines, con una piscina en forma de piano de cola. Si la vida le hubiese tratado bien. Pero es que no le fue nada bien, al menos hasta el día en que le dije adiós para siempre y dejé detrás de mí una semana inestable y lenta, siempre a punto de naufragar en un laberinto de pasillos demasiado estrechos, camareros serviciales, campeonatos de karaoke y cócteles a deshora.
Conocí a Sam Cortina, alias Dedos de Claqué, alias La Voz de Terciopelo, durante un crucero por el Mediterráneo. Fue en el mes de mayo, un mayo tan alterado por el cambio climático que se batieron todos los récords de calor. Hacía siete años que mi mujer Bet y yo nos habíamos casado. Para celebrarlo, sin decirle nada a ella, había reservado una semana en París para los dos, en un hotel espectacular que recomendaba el suplemento dominical de EL PERIÓDICO. Iba a ser una sorpresa, pero unos días antes, el sábado por la tarde, me montó una crisis. Discutimos durante tres horas, dando vueltas y más vueltas a los mismos reproches de siempre, y de repente, la frase fatídica: "Dejémoslo, Mauri, por lo menos durante un par de semanas, a ver qué pasa".
Sus palabras incendiaron mi futuro y esos días en París se convirtieron en un recuerdo carbonizado antes de tiempo. Es cierto que desde hacía una temporada mi mujer y yo no nos entendíamos, que nos peleábamos por cualquier tontería y que habíamos levantado un muro de rencores mutuos que a los dos nos costaba mucho soportar; pero justamente yo veía el viaje a París como una ocasión para arreglar la situación. Como una de esas negociaciones entre dos países enemigos que se celebran en un territorio neutral. No nos dio tiempo. Aunque hay que decir que por primera vez la discusión transcurrió de manera civilizada, sin gritos ni portazos, ni lloros, y quizá por eso en ningún momento saqué a colación el viajecito ni se lo pasé por la cara, como una prenda de amor que ella había echado a perder sin saberlo.
Esa tarde acordamos que yo dormiría en el sofá-cama del cuarto de los invitados. Al día siguiente, cuando amanecía, me despertó con una sonrisa amistosa (y con los ojos hinchados de tanto llorar), para decirme que se iba a casa de una amiga, que ya me llamaría pasados unos días. La vi marchar cargada con una bolsa de viaje y esa imagen hizo que me sintiera un desgraciado.
El domingo pasó en medio de una calma inconsciente, como un dolor de muelas contenido por un analgésico. No salí de casa en todo el día, no hice nada. Ni siquiera me quité el pijama. Además de un desgraciado, me sentí un inútil y un imbécil. Por eso empecé a odiar a mi mujer. Visto ahora, cuando todo ha vuelto a cambiar, no resulta difícil suponer que la odié a ella como un simple mecanismo de defensa, para no odiarme más intensamente a mí mismo.
El lunes, el odio se fue concretando. Entonces yo me encontraba en un estadio instintivo y no hacía el más mínimo esfuerzo para pensar en los motivos que nos habían llevado a la separación transitoria. El viaje frustrado a París ¿sin que ella fuese consciente, de acuerdo¿ no me dejaba pensar en nada más. Así que a primeras horas de la mañana llamé a la oficina y les dije que no iría a trabajar porque estaba enfermo. Creo que no les dije ninguna mentira. Después me duché, tomé un café y fui a la agencia de viajes. Como la semana en París ya estaba pagada y representaba una pequeña fortuna, iba decidido a reinvertir todo aquel dinero contra mi mujer, es decir, a sacarle un provecho sexual.
Le expliqué al chico de la agencia que no podíamos ir a París porque a Bet le había surgido un compromiso de trabajo, pero también le dije que yo sí necesitaba hacer vacaciones: estaba agotado. Después le insinué que me apetecía hacer un viaje lejano y un tanto exótico, por ejemplo a Tailandia. El chico de la agencia lo comprendió enseguida y, en un gesto de confianza, se acercó más y me dijo que eso era imposible por cuestión de tiempo. Una semana no daba para nada. Entonces me habló del crucero por el Mediterráneo y de la cantidad de turistas nórdicas que en el mes de mayo, después de las tristezas del invierno, buscaba una oportunidad ultramarina para pasárselo bien. "Es otro mundo --apostilló con seguridad--, y a usted le gustará".
Y así fue como el día en que se cumplían siete años desde que mi mujer y yo nos habíamos casado, en vez de celebrarlo con ella cenando en un restaurante de París, a la suave luz de unas velas y con un fondo de música de jazz, yo vagaba como alma en pena por los pasillos de un transatlántico de nombre ridículo ¿el Wonderful Sirena¿, con una bola de raviolis al roquefort, lambrusco y tiramisú en el estómago, y a punto de escuchar por primera vez la voz y el piano de Sam Cortina.
Traducido del catalán por Paulino Rodríguez.
Y MAÑANA: 2. Las trampas del 'Wonderful Sirena'