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La vida y la obra de la escritora norteamericana Lisa See (París, 1955) están marcadas por un factor racial. Se presenta como autora chino-estadounidense, es bisnieta del fundador de la comunidad china de Los Ángeles y ha crecido oyendo historias del país oriental y pensando como piensa un emigrante oriental de tercera generación. Pero ella es uno de los 12 miembros de su larga familia de chino-americanos, formada por 400 individuos, que nació con rasgos occidentales y este azar genético, inevitablemente, le causa conflictos ante el espejo que se reflejan en sus libros. «Vivo un choque entre lo que veo y lo que siento. Si todo escritor escribe para averiguar quién es, en mi caso esa búsqueda es evidente. Me hallo entre dos orillas», razona la autora.
Información publicada en la página 45 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 06 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El fruto más reciente de ese conflicto la ha traído esta semana a Madrid. Bruguera acaba de publicar la edición en castellano de su último libro, Sueños de felicidad (en catalán, en Edicions 62), apasionante novelón de 460 páginas protagonizada por Joy, la hija de unos emigrantes chinos en la América del macartismo, que regresa a la China de Mao a la búsqueda de sus orígenes justo cuando aquel país se prepara para vivir la crucial etapa del Gran Salto Adelante maoísta, en los años 50.
En realidad, Joy es hija de una de las protagonistas de Dos chicas de Shangay, su anterior obra, y la de ahora es una continuación de aquella novela. También es la octava desde que, en 1995, la autora, periodista de profesión, decidiera cambiar la crónica por la ficción y empezara a novelar la historia de la rama china de sus ancestros, emigrados a California a finales del siglo XIX.
MIRANDO A ORIENTE / A lo largo de estos 18 años, toda la obra de See ha mirado a Oriente, pero no con ojos de extranjera, sino con los de alguien que siente que juega en casa cuando habla de China. «Yo no soy una occidental que curiosea en Asia, sino alguien que sabe cómo se vive y se piensa en aquella cultura porque, en el fondo, también es la mía», aclara.
Aparte de gigante económico mundial, China se ha convertido en un territorio cuyo exotismo tiene magnetizado a medio planeta. Sería fácil intuir razones de estrategia literaria en la elección de ese mundo para situar una novela, ahora que se llevan tanto las historias ambientadas en escenarios exuberantes. No es este el caso de Lisa See. «Cuando empecé a escribir sobre China, no había nadie interesado en ese país, ni este era lo que es en la actualidad. Tardé cinco novelas en lograr que mis historias atrajeran al gran público. No escribo sobre China porque esto venda, sino porque es la cultura que estimula mi imaginación», explica.
Tras ver traducida a 39 idiomas su novela El abanico de seda en el 2005, See ha ido confirmando su categoría de best-seller mundial con sus dos siguientes obras: El pabellón de las peonías (2007) y Dos chicas de Shangay (2009). Sueños de felicidad, narrada en primera persona a través de las voces de Joy y de su madre -que sigue el rastro de aquella por el país oriental en su búsqueda por encontrar a su verdadero padre-, tardó una semana en alcanzar el número uno en la lista de ventas de The New York Times.
Las peripecias de las dos protagonistas en la China de la revolución comunista -ficticias, pero basadas en una sesuda labor de documentación sobre el terreno- han atraído a un público occidental que se asombra tanto como el nativo al descubrir detalles de los pasajes menos luminosos de aquel decisivo momento de la historia del siglo XX. «Mis lectores chinos me han confirmado el desconocimiento que hay allí sobre todo lo que ocurrió durante el Gran Salto Adelante de Mao y los millones de personas que entonces fallecieron», señala.
Con ser importantes los factores históricos y geográficos, la autora, que estos días escribe las últimas páginas de su próxima obra -estará ambientada en los clubes nocturnos chino-americanos de los años 30-, cree que los secretos de una buena novela tienen más que ver con la cualidad humana de los personajes que con el contexto que estos habitan. «Pasas a la página segunda de un libro cuando te identificas con esas criaturas. La condición humana es universal», avisa la escritora.