ÚLTIMA HORA La fotógrafa estadounidense Annie Leibovitz, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades
Iron, el narrador, benjamín de Els Xalocs, describe a sus colegas del grupo y, en especial, a la guapa Brigitte, "una hembra bien amasada"
Guapa, la Brigitte. Una hembra bien amasada, hija de un gallego, que solía echar la temporada de hostelería en un hotel de Lloret de Mar, y de una sueca medio hippy, o eso contaba ella, la Brigitte, vete tú a saber, pero, sea como fuere, la niña heredó el halo misterioso del uno y las hechuras frías de la otra. Una yegua bonita, he de reconocerlo, aunque a mí me gusten los regazos más acogedores. Lo peor del caso era que no echaba cuentas de su belleza, y la ingenuidad la convertía en un animal aún más peligroso. ¿Cuántos años tendría entonces la niña? ¿Dieciocho?, ¿diecinueve? Sí, éramos demasiado jóvenes.
Información publicada en la página 306 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 07 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Yo la calé a la primera. Yo, el más pazguato de los cuatro machos, el benjamín, el adolescente con la jeta aún comida de acné, la mascota de Els Xaloc, el burro de carga que metía los bafles en la panza del Renault 8 después de cada concierto. Yo, el comodín del grupo, percibí en seguida que se trataba de una de esas mujeres que esconden un aguijón y, a la que bajas la guardia, zas, te lo han clavado y ya tienes las entrañas embebidas de su veneno. Mi hermano Paco no lo vio o prefirió no verlo. Tampoco mi socio, el Pere. En realidad, a él le daban igual la Brigitte y el mundo entero; solo le interesaban los riffs de su bajo y los cubitos, siempre dos, que le flotaban en el ámbar del Cutty Sark. "És per anivellar-me el timó, nano", me decía. Lo llevaba tatuado en el antebrazo derecho. Una rueda de timón con siete cabillas.
Pere Semenfot Ribot se daba un aire a Orantes, se reía mucho --con todos los dientes, como el tenista-- y se liaba los canutos con una sola mano. Hijo de un payés con tierras de Riudellots de la Selva. Una trabajera desde el amanecer, en el campo y con los animales de corral, doce vacas, gallinas, conejos y unos cuantos cerdos. El Pere decía bestiar.
--Digue-li al paio de la barra que em posi un altre whisky, Iron, i me'l portes.
A mí me llamaban Iron, por Ironside, el detective de la tele con el espinazo roto que investigaba en una silla de ruedas, porque era el único que se tiraba los ensayos y los conciertos sentado como un señorito, jugando con las baquetas, y debía de darles rabia o me lo decían por chincharme. Los cinco teníamos un mote. Uno o dos. A la Brigitte yo la llamaba Pescao frito, así, sin la de, aunque la chavala tuviera de tonta lo que yo de sueco. Y cada vez que se lo decía, la niña sonreía y el Paco se encelaba fundiéndome con la mirada, como si hubiese querido estrangularme.
Cantar, lo que se dice cantar, la Brigitte solo afinaba, sin más, ajustada al tono, corta de tesitura. Pero le sobraba listeza para quedarse atrás sin que se notara cuando veía que la voz no le llegaba, y clavaba exacta los acordes de la guitarra acústica, con generosidad y la intención de que mi hermano Paco se luciera con la Gibson, pegadita siempre al Pere y a mí, al bajo y a la batería, bum, bum, bum, amarrada al patrón rítmico para no extraviarse ni armar lío. No daba puntada sin hilo, la tía. Fija, determinada, segura. La niña sonreía, sabía moverse vistosa en el escenario y, encima, El Rata se lo perdonaba todo.
De mote le habíamos puesto Ratafía, porque era lo único que mamaba, un licor de hierbas, macerado con canela, nuez moscada y clavos de olor, un jarabe espantoso. Cuando le decíamos El Rata, debía de ser por abreviar o quizá porque le teníamos un poco de envidia: sabía leer los pentagramas, el único de los cinco. Era hijo de un médico de Girona con guita y tenía clase, el tío. Espigado, con sus gafitas redondas de empollón, la barba, el pelo lacio, siempre limpio y atado en una coleta, y aquella forma suya tan estrafalaria de vestirse, con una especie de levita, aunque nos estuviésemos asfixiando de calor, y el capazo de paja al hombro con las partituras. Ratafía --creo recordar que se apellidaba Armengol o algo así-- estaba estudiando solfeo y armonía, y compuso en el teclado alguno de los pocos temas propios que llevábamos en el repertorio. Lo demás, versiones, un amasijo sin ton ni son. Del Llach, del Sisa, de la Elèctrica Dharma, alguna cosilla de los Beatles, de Santana y de la Joplin, tres o cuatro canciones de Triana... A mí me fascinaba cuando tocábamos las cosas de Triana y Ratafía cerraba los ojos para concentrarse mejor y mantener los arpegios mientras cantaba, como hacía Jesús de la Rosa, que se mató, el pobre, en la carretera de Burgos volviendo de un bolo en San Sebastián. A mí me gustaba que al Ratafía le gustase Triana porque eran charnegos, como nosotros, como el Paco y yo.
--Au, va, macarenos, a veure si ens concentrem! Anem per feina.
Nos llamaba macarenos cuando nos regañaba porque éramos sevillanos o casi. A mi hermano Paco mi madre lo parió en Carmona, pero a mí ya me tuvo en Santaco. Bueno, entonces no se llamaba así. Se decía Santa Coloma de Gramenet, con todas las letras. O simplemente no se decía nada.
Y MAÑANA: El tercer capítulo: Atardecer en los sembrados