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VILLA ADRIANO

Una ciudad en miniatura

Miércoles, 1 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por XAVIER MORET

Hay un lugar cerca de Roma, a una veintena de kilómetros, que no me canso de visitar por su poder evocador. Se trata de la villa de Adriano, conocida también como Villa Adriana o Jardines de Tívoli. Fue en este idílico lugar, situado en una región de colinas y manantiales, donde el emperador Adriano quiso reproducir, en una especie de parque temático avant la lettre, los monumentos que más le habían gustado a lo largo de sus numerosos viajes.

En los Jardines del Tívoli, Adriano quiso reproducir sus monumentos favoritos. <BR/>

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Información publicada en la página 307 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 01 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

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El emperador Adriano nos resulta increíblemente próximo gracias a una gran novela: Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Nació probablemente en Ítaca, cerca de Sevilla, en el año 76, y murió no muy lejos de Roma en el 138. Era sobrino del emperador Trajano, a quien sucedió en 117, y se caracterizó por su devoción por la cultura. Seguidor de la filosofía estoica y epicúrea, tenía especial predilección por los clásicos griegos y veleidades poética.

Siempre de viaje

Llama la atención de Adriano que se pasó más la mitad de su reinado viajando. Estuvo en Britania, Mauritania, Grecia, Anatolia, Siria, Judea, Egipto y el actual Iraq. En Bitinia se enamoró del adolescente Antinoo, que se ahogaría en el Nilo años después. De él, posteriormente deificado, se conservan numerosas estatuas y en Villa Adriano se descubrió, en 1998, lo que podría ser un templo en su memoria.

En los períodos que pasaba en Roma, entre viaje y viaje, Adriano hizo restaurar el maravilloso Panteón y puso especial empeño, entre 118 y 134, en el diseño de su villa en Tívoli, donde pasó los últimos años de su vida. Su afición por la arquitectura le llevó incluso al enfrentamiento con algunos arquitectos, como Apolodoro de Damasco, que comparó la cúpula de uno de los edificios con una calabaza y añadió, despectivo: "Vete por ahí a dibujar tus calabazas. No sabes nada de arquitectura".

La Villa Adriano es, de hecho, una ciudad en miniatura. Se extiende a lo largo de 120 hectáreas y se levantan en ella una treintena de edificios: templos, fuentes, termas, palacios y bibliotecas, con referencias a Grecia y de Egipto.

El estanque llamada Canopus y la gruta artificial Serapeum, que toman como modelo la ciudad egipcia de Canopus, cercana a Alejandría, son especialmente atractivas. El estanque podría ser una representación del Mediterráneo, ya que hay a su alrededor copias de columnas corintias, de las cariátides del Erecteión de Atenas y de otros lugares del imperio.

El Teatro Marítimo, con una piscina redonda en su interior y una isla en el centro, es otro de los sorprendentes edificios que deslumbran en esta villa surgida de la imaginación de Adriano.

Cardenal de los mármoles

Es una lástima que, tras la caída del Imperio Romano, la villa fuera abandonada y entrara en decadencia. Para más inri, en el siglo XVI un cardenal se llevó buena parte de sus mármoles para decorar su residencia de Villa de Este. Pervive en Villa Adriano, de todos modos, el romanticismo de las ruinas, de unas estructuras semiderruidas que representaron la visión del mundo del gran emperador.

Es cierto que muchas de las piedras ya no están, pero permanece el espíritu del emperador que en su lecho de muerte escribió este sensible poema: «Pequeña alma, blanda, errante / huésped y amiga del cuerpo / ¿Dónde morarás ahora / pálida, rígida, desnuda / incapaz de jugar como antes».

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