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Apuntes

Un teatro cerrado es un espacio muerto

JOSEP MARIA POU

Sábado, 2 de febrero del 2013

Nuria Espert ha sido investida doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid. José Luis Gómez ocupa el sillón Z de la Real Academia Española de la Lengua, como antes lo hiciera Fernando Fernán Gómez, que se sentó en el sillón B. Tres personalidades. Tres ejemplos de la excelencia en el oficio de actuar. Tres modelos a imitar. Tres actores cuyo reconocimiento les empuja a romper los límites del escenario para seguir ejerciendo su compromiso en altas instancias. Uno desea que el caso de los tres se repita en más actores de hoy y aún en muchos de los que vengan.

Mucho ha cambiado este oficio desde aquellos cómicos de la legua a los que no se permitía enterrar en sagrado, hasta estos que hoy visten toga, muceta y birrete, y recogen aplausos a lado y lado de la alfombra roja. Bienvenido sea el cambio. Hay, detrás de ello, horas de estudio, de trabajo, de ensayos y funciones, de dedicación estajanovista. (Inciso: estajanovista es palabra que ya no se usa. Una pena. Define a la persona entregada al trabajo de forma continuada. El sueño de muchos -actores y no actores- en este momento). Hay, también, un cambio radical de percepción por parte de la sociedad que ahora celebra al cómico como oficiante de una ceremonia -el teatro- necesaria, con visos de imprescindible. Ojalá esta percepción no cambie nunca.

Pero cuando uno lee la noticia de más recortes que llevan directamente a cerrar espacios de teatro, no puede por menos que temer por el futuro. Cerrar un teatro es mucho más que bajar la persiana y dejar en la calle a los creadores (autores, actores, directores y técnicos). Cerrar un teatro es dejar fuera también a los espectadores. Es privarles del hecho en común y del debate en vivo. Es dejarles en la estacada. A un teatro cerrado, los americanos lo llaman dark house. Algo así como «la casa a oscuras». Apagar la luz. Lo que significa, también, apagar la llama. Y entregarse al frío.

Lucho contra el pesimismo que lleva a muchos a creer que la llama del presente está perdida, y me obligo, con más fuerza que nunca, a defender la llama del futuro. No podemos -no debemos- cerrar teatros a nuestro paso. Porque llegará el día en que seremos juzgados. Y condenados por ello.

Un teatro cerrado es un espacio muerto. Y lo peor, aquí, es que el muerto no ha muerto de muerte natural. Al muerto lo han matado. Con premeditación y alevosía. Le han clavado las tijeras por la espalda.

Un crimen perfecto. A lo Hitchcock.

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