El autor entrevistó a Carmen Thyssen en su casa de La Moraleja, una especie de pagoda tailandesa que le sentaba al barrio como a un Cristo dos pistolas
Aprincipios de la década de los noventa tuve el placer de conocer a la simpar Tita Cervera, a la que hasta entonces me limitaba a admirar a distancia: llegar a baronesa después de que Espartaco Santoni te deje sin un duro es una hazaña que no está al alcance de cualquiera. Me había caído el cargo de guionista y entrevistador de un video llamado a venderse en el Museo Thyssen, aunque yo nunca llegué a verlo y, francamente, no sé qué fue de él. El cerebro del asunto era un viejo amigo de Tita, apodado Tato, que murió no hace mucho y del que no me sacarán ni una mala palabra: de acuerdo, era el alumno más aventajado de Rinconete y Cortadillo -algo así como el dibujante de tebeos Vázquez, pero con bléiser y arriquitauns en el cogote-, pero ejecutaba sus trapisondas con una mezcla tan sublime de elegancia y desfachatez que era imposible cogerle manía. Gracias a Tita, se dedicaba a grabar en video cualquier actividad relacionada con el barón Thyssen. Vamos, que si había que cambiar de sitio un sofá en Villa Favorita, ahí estaba Tato para registrarlo, al frente de un equipo sobredimensionado del que se servía para presentarle continuamente al barón las cuentas del Gran Capitán.
Información publicada en la página 304 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 04 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
En aquellos tiempos, los Thyssen vivían en una especie de pagoda tailandesa en La Moraleja, que le sentaba al barrio como a un Cristo dos pistolas. Los peliculeros nos plantábamos ahí cada mañana y encajábamos las miradas displicentes del barón, que solía estar desayunando en el jardín en batín y parecía considerarnos parte del servicio (tampoco iba tan desencaminado). Tuve el privilegio de que Tita en persona me hiciera le tour de la maison, y debo decirles que no había ni un rincón que no fuese horripilante, pero el espanto era de esos que mueven a la sonrisa y, casi, a la ternura. Pude ver el cuarto de los loros, aunque no pasé del umbral porque siempre me han dado grima los bichos con plumas y ahí los había a cascoporro. Imaginé por un momento la vida del cuidador -siempre rodeado de loros, cacatúas, papagayos y vete tú a saber qué más, revoloteando, graznando y gañendo, dándose de picotazos y, sobre todo, cagando sin tasa- y se me antojó una pesadilla.
Tita era una mujer adorable, aunque de escasa memoria. Lo que me obligaba pasear con ella por el jardín, mentalizándola para que pudiésemos hacerle alguna toma que durara más de tres segundos y no acabara con su risa floja habitual, mientras esquivábamos a Borjita en su triciclo; aunque hay que reconocer que el chaval se empleaba con más saña en arrollar a la servidumbre: en esa época, su pobre madre aún confiaba en hacer de él un hombre de provecho.
Heini, por el contrario, era el entrevistado perfecto. Le hacías una pregunta, le informabas de la duración aproximada de la respuesta y el hombre la clavaba. Yo creo que se pasaba la vida en el jardín porque -pese a darle al morapio desde las once de la mañana- no conseguía reunir el valor suficiente para entrar en esa pagoda completamente diseñada por su mujer, cuyo único refugio visual era un cuadrito de Gauguin que a mí también me fue de mucha utilidad.
Las decisiones estéticas de Tita podían ser tremendas. Rafael Moneo me había contado sus sufrimientos para impedir que la baronesa hiciese pintar cada planta del museo de un color diferente. Y a Tomás Llorens, directamente, le había jodido el atrio -donde él había reunido seis o siete obras de distintas épocas, a modo de introducción a la pinacoteca del barón- con sendos retratos de ella y Heini a cargo del gran Macarrón, que te saca tan alto y espigado que solo te falta ser de color azul para parecer uno de los pitufos de Avatar.
En cualquier caso, a mí me pareció una mujer encantadora. Nos dejó dinero a deber, pero nunca sabré si se debió a la tacañería del barón o a que Tato se lo metió directamente en el bolsillo.