El Periódico

Concierto Beatles

VUELVE EL AZOTE DE GREY . / el reverso de anastasia y GREY

Suciedad, deseo y 'hazlo tú mismo'

La antología 'Relatos marranos' da visibilidad a prácticas que suelen quedar ocultas y representa otros cuerpos y fantasías

NÚRIA MARRÓN

Domingo, 8 de febrero del 2015

  • De izquierda a derecha, las artistas y activistas Helen Torres, Brigitte Vasallo, Diana J. Torres y María Llopis.

  • De izquierda a derecha, las artistas y activistas Helen Torres, Brigitte Vasallo, Diana J. Torres y María Llopis.

  • De izquierda a derecha, las artistas y activistas Helen Torres, Brigitte Vasallo, Diana J. Torres y María Llopis.

  • De izquierda a derecha, las artistas y activistas Helen Torres, Brigitte Vasallo, Diana J. Torres y María Llopis.

  • Espe Moreno ha contribuido a 'Relatos marranos' con esta 'X de metal'.

Érase una vez un grupo de mujeres que, armándose con cámaras, portátiles y dildos se pusieron a vivir y representar su sexualidad saltándose la tapia de los géneros y de lo que se puede o no hacer. Documentaron los avatares de sus cuerpos en primera persona, escupieron sobre el culto al falo y los estereotipos del porno tradicional y obsequiaron a su deseo con nuevos imaginarios. Para entendernos: si una de ellas hubiera escrito las Cincuenta sombras de Grey, posiblemente el galán vestiría lencería fina y la joven sería una perversa dómina que le sacude mientras él le suplica matrimonio.

Despuntaba el siglo XXI y la academia las llamó postporno. «En Barcelona había muchos espacios de encuentro y fiestas autogestionadas que hacían posible que pasara de todo. Ahora aquí ya no hay libertad, aquellos encuentros ya no son posibles, pero hay artistas que se han profesionalizado y la inquietud ha trascendido. Digamos que ha salido del gueto». Y como prueba, la activista y escritora Helen Torres apunta a la buena acogida de Relatos marranos, una treintena de cuentos que ha coeditado y sobre los que planea el transfeminismo, ese campo abierto que habla de superar las identidades sexuales y de género («la sexualidad es como las lenguas, todos podemos aprender varias», dijo la filósofa Beatriz Preciado) y que se ha hecho fuerte en los movimientos sociales, las redes sociales y la academia.

Secreto total

En la publicación, editada por Pol·len, participan artistas y activistas como Brigitte Vasallo, Diana J. Torres, Lucía Egaña, María Llopis y el colectivo Ideadestroyingmuros, que llevan años explorando puntos ciegos de la sexualidad. También aparecen escritos de Patricia Heras -la poeta que participó en esta escena y se lanzó por la ventana en un permiso carcelario tras ser condenada por el caso 4-F-,

y un puñado de autores no profesionales que, a la vieja llamada punk del hazlo tú mismo, se han sumado a esta cartografía del deseo que se sitúa en las antípodas de la cenicienta bondage de Grey y de los harenes de seductoras que, en el porno comercial, se limitan a ayudar al hombre a llegar al orgasmo.

Torres sitúa así las coordenadas del artefacto: «Por un lado, tenemos la representación de la sexualidad oficial que es la del porno. Y por el otro, el secreto total. Así que cuando te enfrentas a tus primeras experiencias, ¿qué herramientas tienes para interpretar tu deseo o sentirte a gusto con tu cuerpo? Pues pocas, porque lo que no está representado no existe. La única información a tu alcance es la de un cuerpo maravilloso que se lo pasa fantástico haciendo unas cosas que se supone que deben realizarse. Y luego nada tiene que ver con esa perfección donde todo funciona».

Como puntos de fuga, por las páginas de esta antología del marranismo pasean un buen puñado de desviaciones. «La heterosexualidad tiene un montón de pautas que conoces aunque no hayas tenido sexo nunca -dice la activista-. Ahora tienes que hacer esto. Ahora lo otro. Sabes qué se espera de ti. Hasta dónde puedes llegar. Pero cuando te olvidas de la norma, ¿qué sale? Pues vas a flipar, porque ante ti tienes el infinito». Aquí, el infinito, por ejemplo, llega en el humor hiriente de una mujer diagnosticada con un trastorno límite de personalidad a quien la medicación le quita «el hambre, los impulsos suicidas y los sexuales», escribe la poeta María Castrejón, y le regalan un vibrador con mando a distancia con el que se va al súper.

En un puñado de mails, Verónika Arauzo -«trabajadora sexual y activista, transexual, viajera, dómina y guerrera»- explica el día que acabó teniendo sexo por primera vez con una mujer, pareja de un cliente. En Vicios excéntricos, Egaña aborda «lo erótico que puede ser cambiar roles; vivimos en una cultura donde estás permanentemente respondiendo al que te han asignado». El colectivo Quimera Rosa narra una sesión de cortes y agujas en el difunto bar La Bata de Boatiné y Pastel de Carne escribe a tiempo real un encuentro en el que no se sabe dónde acaba un cuerpo («gordo», vindican) y empieza el otro (transexual). «Hablamos de carnes, las nuestras: desmedidas, desobedientes, siempre fuera de lugar. Nuestras carnes como potencia subversiva -dice este grupo-. Pensamos que la representación es una herramienta potentísima para expandir deseos e imaginarios, donde nuestros cuerpos se celebren en toda su diversidad y belleza».

Diversidad funcional

En respuesta al higienismo, al látigo de los cánones estéticos y a ese «gran tabú maquillado por el photoshop que es la sexualidad», en estos relatos hay profusión de orificios, fluidos, heridas y hedores. Y además de sucias, en estas plumas también late la rabia, una forma de resistencia a todos esos mandatos, dicen, que marcan desde cómo hablar y vestir hasta a qué aspirar y cómo gozar. «Cualquiera que no acepte la normalidad vive en una agresión permanente -dice Torres-, siempre está bajo sospecha».

En su avance abyecto, el libro hace un alto en la sexualidad durante la vejez, la maternidad y en personas con diversidad funcional. «Son las últimas fronteras. Y hay tantos tabús como ignorancia. Es una barbaridad que se anule la sexualidad de la gente mayor, que se desconozca el cambio de sensibilidad de la mujer en la crianza y que las personas con diversidad funcional, cuyos cuerpos desean, no estén representados a no ser desde la victiminación -afirma la activista-. Cuando se autorrepresentan, con sus fantasías, ocurren cosas increíbles. En la última Muestra Marrana [un festival con conferencias y audiovisuales sobre las llamadas experiencias sexuales minoritarias], el vídeo con el que la gente más rio, lloró y se excitó fue uno de porno tullido, cuyas performances han llegado al Reina Sofía».

¿Y a qué cree que se debe este interés creciente que bulle de internet a los museos? «La gente tiene preguntas, pero no sé hasta qué punto todo esto no es más que una cura homeopática -dice-. Algo así como 'me tomo mi dosis de desviación y sigo con mi vida'».

TEMAS