Jordi Puntí
Cuando escriben ficción, hay autores que necesitan situarse en el centro de la historia. Ser motor, origen y final. A algunos les resulta inevitable, pero también los hay que se sienten cómodos en ese límite entre la realidad y la invención. En ambos casos, la literatura se convierte en un proceso de exploración personal, que puede ser lúdico, doloroso o liberador. Eso es lo que se desprende de tres libros que he leído recientemente, y que me han atraído por ese comercio entre el yo literario y el autor de carne y hueso que hay detrás.
Información publicada en la página 51 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 26 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El protagonista de Los inmortales, de Manuel Vilas (Alfaguara), se llama Manuel Vilas. Aquí la identificación funciona como motor del estilo, a ratos incluso como parodia. Vilas es un gran poeta y, como tal, es inmortal, vive dentro del tiempo. Esta condición le permite relacionarse de tú a tú con artistas que también lo son, como Kafka, Van Gogh y Picasso.
El último libro de Jordi Bonells
tiene un título curioso, El Premio Herralde de Novela (Funambulista), y él mismo lo define como autoficción. Se trata de una reflexión visceral, en primera persona, sobre la escritura a partir de episodios familiares y literarios. El retrato del antihéroe se perfila ya desde la primera frase: «A más de uno le parecerá extraño lo que voy a decir, pero yo me he pasado toda mi vida queriendo ganar el Premio Herralde de Novela y me he pasado esa misma vida haciendo todo lo posible por no ganarlo».
Quien lea la gran novela que es Desventuras de un fanático del deporte, de Frederick Exley (Duomo), encontrará las opiniones ácidas y desventuradas de un profesor de literatura, alcohólico, fanático del fútbol americano y con una vida sentimental a la deriva. Quien, además, se interese por el autor, descubrirá que en estas peripecias se transparenta su vida. Quizá cuando lo escribió, todo tenía una motivación terapéutica, pero ahora no es más que ficción. Por eso, al principio del libro, Exley nos pide que le juzguemos «como un autor de fantasía».