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RELATO. EL HOSTAL DE LA LUNA (1)

La novelista y periodista, autora de 'Perros que ladran en el sótano', 'Espuelas de papel' y 'Cenizas rojas', empieza una serie de ficción en seis entregas.

Sol duro, lluvia de barro

Viernes, 10 de agosto del 2012 - 19:37h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por OLGA MERINO

Guardo la imagen tan nítida en la memoria que me parece estar viéndola salir del agua en este mismo instante, descalza, insegura sobre las piedras de la orilla. Se me aparece en el recuerdo no tanto ella, la hermosa Brigitte, sino la escena en su totalidad, contemplada desde atrás, algo distante, porque los baterías solemos observar lo que se cuece en el escenario desde la retaguardia, en silencio y reconcentrados en la base del ritmo, como el feo de Charlie Watts, que está pero parece que no esté. Como el fiera de Deep Purple. Como El Tele, de Triana, tan grande el tío, a quien se le pinchó el corazón después de un concierto.

IMAPLA

La veo salir del mar en cueros, como su madre la trajo al mundo, la cabellera chorreando, los pezones desafiantes, las sortijas rubias del pubis, y los ojos de mi hermano Paco y los del Ratafía clavados en sus carnes de anguila. Las dos miradas hambrientas. Las dos miradas equidistantes. Y en el centro, las caderas mojadas de Brigitte acercándose hacia las guitarras, dentro de sus estuches de ataúd, ancladas en las rocas igual que maderos después de un naufragio, cubiertas por una lona, con pedruscos en los faldones, que entre el Pere y yo habíamos colocado sobre el montón de instrumentos para protegerlos del relente. El Pere se había llevado de extranjis el toldo con que su viejo cubría el tractor durante los meses de invierno en el cobertizo de la masía, junto a las balas de paja y la ordeñadora mecánica.

El Pere seguía dormitando a mi lado, boca abajo, sobre una toalla playera que decía Recuerdo de Tenerife, una toalla azul con el Teide humeante en la mitad y una cenefa blanca alrededor. Pere. Se llamaba Pere Ribot, tocaba el bajo y tenía un timón tatuado en el antebrazo derecho y la rosa de los vientos en el izquierdo. A lo mejor por eso nos llamábamos Els Xaloc, un viento de calor que trae sol duro y lluvia de barro. No sé quién me contó que los marineros de las islas dicen que los peces no pican cuando sopla. 'Vent de xaloc, mar molta i peix poc'. Una cagada de nombre; se veía venir.

Domingo de bochorno a las tres de la tarde. Acabo de hacer el último viaje al contenedor a tirar trastos, una pila de revistas amarillas, 'Vibraciones' y 'Star', viejos discos de vinilo que ya nunca volveré a escuchar, las botas camperas hechas polvo, una maceta con el troncho podrido de un ficus... Me largo del piso porque ya no me alcanza para el alquiler; ya no puedo. Demasiado viejo para salir de mileurista. Se acabó el carbón. Se acabó el recreo, el lujo de vivir solo. Mi hermano vendrá mañana con la furgo a recogernos a mí y a mis bártulos. Eso dice el Paco.

Con un pellizco en el estómago, me he deshecho también del bombo y de la caja, pero abultaban tanto que no he podido cerrar la tapa del contenedor y se han quedado asomados en el borde, mirándome de reojo, resistiéndose a abandonarme, como el recuerdo de aquella madrugada en Cadaqués, la última en el hostal de la luna. Éramos demasiado jóvenes. Ya ves, resulta que por hache o por be nunca fuimos al compás, ni entonces ni ahora. Hace treinta y tantos años, se decía que dormíamos en el hostal de la luna o en el hotel California cada vez que pasábamos la noche al raso en la playa o allí donde nos pillara.

El hostal de la luna, ya ves tú. Brigitte sonriente y escurriéndose el pelo salado sobre el pecho del Ratafía, y mi hermano Paco casi odiándola, y lo que escuchamos después, cuando nos creían dormidos, y el labio roto, y el regusto a hierro de la sangre, y todas las certezas que se me vinieron encima de golpe, como una bofetada, como una ráfaga de tramontana que me obligó a arrojar los platos de la batería al mar.

Más nos habría cuajado el nombre de Els Tramontans, un ventarrón frío y seco que arrea del norte. Uno detrás de otro, los discos de hoja de bronce atravesaron el aire cortándolo, fiuuu, fiuuu, fiuuu, y estoy casi seguro de que el último, antes de sumergirse, reflejó en el canto el primer rayo de luz de la mañana. Lo juraría, pero la memoria suele ser bastante embustera. Seis platillos de los buenos, Zildjian, pero no lo pensé. Adiós. A la mierda la música.

Y MAÑANA: El segundo capítulo: Una yegua bonita

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