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CRÓNICA

El secreto flamenco de Diana Navarro

La artista mostró en el Auditori una faceta diferente

Martes, 31 de enero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
LUIS TROQUEL
BARCELONA

Hace siete años, la malagueña Diana Navarro irrumpía como figura señera de una generación de jóvenes voces femeninas renovadoras de la copla, en la que ella encarnaba el lado más próximo a la new age. Y el pasado domingo, con todas las entradas vendidas, presentaba en la sala grande del Auditori de Barcelona un perfil muy diferente. Como solo Rocío Jurado y poquísimas más se habían atrevido, sorprendió con un recital jondo de principio a fin.

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Información publicada en la página 48 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 31 de enero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Cante por derecho acompañada por la guitarra de Juan Antonio Suárez Cano y la voz, las palmas y la guitarra ocasional de Antonio Campos. Sin más ornamentos y con solo tres menciones a su discografía anterior: un Padre nuestro al son de los Campanilleros, una Campanera por bulerías como bis improvisado (los músicos ya se habían quitado el traje cuando ella les llamó de vuelta a escena) y una desnuda recreación de Sola, la pieza que guardaba desde el primer día el secreto flamenco de Diana Navarro. «La escribimos a partir de una media granaína y desde que la canto me siento mucho más acompañada», dijo.

Tampoco faltó su otro vínculo jondo más reconocido (el de estremecedora cantaora de saetas) entre el abanico de palos que componen su último y radical disco, titulado, sin más: Flamenco. «Este trabajo» aclaró, «no podría sonar en la radio sino hubieran personas valientes como Justo Molinero; sin prejuicios musicales».

HERENCIA REHABILITADA / Su título tiene algo de proclama, pues reivindica un modo de hacer flamenco que hace dos décadas muchos ni lo consideraban como tal: la herencia hoy rehabilitada de Marchena, Valderrama y La Niña de la Puebla. Con centelleantes agudos y melismas temblorosos, la voz laína de Diana Navarro brillaba en la inmensidad del Auditori como la luz de una vela en una catedral a oscuras. Y el cantaor e inquieto folclorista Antonio Campos, más que secundarla, ejerció de profunda y recia réplica.

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