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ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE. GLORIA ESTEFAN (4)

A pesar de que Gloria Estefan le interesaba muy poco, el autor aceptó con gusto el encargo de entrevistar a la artista solo por conocer Miami.

Satisfacción en Miami

Miércoles, 8 de agosto del 2012 - 10:41h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por RAMÓN DE ESPAÑA

A principios de los años 90a, cuando la prensa aún no se había convertido en estas ruinas por las que ahora vagamos, se viajaba bastante con la excusa de entrevistar a alguien. Vamos, que se conocía mundo. Por eso, cuando el diario para el que entonces trabajaba me envió a Miami a entrevistar a Gloria Estefan, lo agradecí sobremanera: yo nunca había estado en Miami, y pese a que la carrera musical de la señora Estefan no pudiera importarme menos, tenía ganas de ver al natural ese sitio en el que tan bien se lo había pasado Tony Montana, el protagonista del Scarface de Brian de Palma.

MIRTA ARIGORIA

Comprobé en seguida que ese Miami había pasado definitivamente a la historia y que Ocean Drive, el famoso paseo frente al mar, ya no era el escenario posapocalíptico en el que Tony Montana medraba en la mafia local con la ayuda de una sierra eléctrica, sino un decorado lujoso por el que se movían los ricos y los famosos (más la inevitable brigada de desocupados y cantamañanas que nunca falta). Me lo contó todo, de manera muy didáctica, un disquero argentino al que conocí nada más llegar: «Aquí no había más que jubilados judíos y chorizos cubanos que los esperaban a la salida del banco para robarles el dinero de la pensión. Vamos, como Times Square antes de Rudy Giuliani. Se estaba perdiendo mucha plata, así que hubo una reunión entre el alcalde, el jefe de policía, el representante de las constructoras y Emilio Estefan, todos cubanos, y se impuso la gentrification a bofetadas. Posiblemente, las cosas han empeorado en el resto del estado, pero aquí estamos de maravilla».

Los Estefan, ciertamente, vivían como Dios. Nada que ver con las estrecheces sufridas durante su estancia en Madrid, cuando Emilio arreglaba canciones de estrellas locales y Gloria esperaba tiempos mejores. Unos tiempos que ya habían llegado para quedarse, como podía comprobar cualquiera que se acercara a su residencia en la exclusiva Star Island (solo hay seis o siete casas, cada una con su correspondiente embarcadero). No es una islita en la que impere el buen gusto, pero también Ocean Drive, por mucha rubia de dos metros y mucha limusina que le echen, tiene un punto marbellí que tira de espaldas: la gracia de la jet set de Miami es que no es más hortera porque no entrena lo suficiente. Eso sí: siéntate a beber en una terraza de Ocean Drive cualquier noche y no se te borrará la sonrisa de la boca (y si te quieres encanallar, aléjate un par de manzanas del mar y métete en el legendario Wolfie's, donde a las once de la mañana, todos los parroquianos llevan una tajada de capitán general).

Pequeñita y atractiva

Gloria Estefan es una mujer pequeñita, muy atractiva y extremadamente simpática. Conservadora, sí, pero en absoluto esa especie de bruja imperialista que les parece a los castristas. El que se las traía, a tenor de lo que me contó, era su padre, el coronel Fajardo, que participó en la catastrófica invasión de Bahía Cochinos y aún no se había recuperado del sofoco. Gloria no podía ser más cubana, pero sabía que se iba a quedar en Florida para los restos y le parecía bien. Le reventaba, sin duda, que su hijo le hablara en inglés mientras ella no se apeaba del español ni a tiros, pero lo superaría. Total, ¿en qué otro país del mundo podría haber triunfado una banda de salsa tan falsa como Miami Sound Machine?

Apenas soltó prenda sobre su marido, un personaje que me intrigaba sobremanera. Sí, poseía los dos hoteles más chulos de Ocean Drive, en los que se detenía durante sus sesiones de jogging para revisar las cuentas, y también tenía intereses en la construcción, pero todo lo que se decía sobre él eran infundios. Eso decía Gloria. Y tú te lo creías, pues esa cubana de origen asturiano era una mujer simpatiquísima. Al salir de Star Island, hasta te empezaban a gustar sus canciones.

El entorno te limaba el colmillo retorcido. Y de noche, en una terraza de Ocean Drive, paladeando el tercer Tequila Sunrise, te sentías mejor que Tony Montana tras levantarle la novia a su jefe.

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