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San Samuel, San Terenci

Miércoles, 23 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
RICARD
RUIZ GARZÓN

«La religión debe perseguirse siempre. Siempre. Yo, entre un obispo y un gánster, no establezco la más mínima diferencia». Me lo dijo Terenci Moix en 1996, en la entrevista para el Avui que supuso mi bautismo periodístico, y volví a leerlo asombrado hace una semana, al recuperar el texto para entrevistar a Juan Bonilla por su biografía sobre el barcelonés (El tiempo es un sueño pop, RBA, premio Gaziel). ¿Se imaginan la que podría liarse si un escritor famoso dijera hoy algo así? ¿Se imaginan la reacción de la Conferencia Episcopal, la de los santones del PP, la de tanto bienpensante de pacotilla? Pues en 1996 no pasó nada, y eso quiere decir que hemos perdido espíritu crítico. El suficiente como para olvidar al gran Terenci, reduciéndolo al faraónico estereotipo que le permitió vender millones de ejemplares. Moix, sin embargo, tenía menos de Vicki Baum que de Truman Capote. De ahí la importancia de esta biografía: el narrador que revolucionó las letras catalanas con La torre dels vicis capitals, El dia que va morir Marilyn, Món mascle o El sexe dels àngels, el fabuloso memorialista de El peso de la paja, está siendo tratado injustamente por la posteridad. Conviene releerlo, reeditarlo y acallar a sus enemigos: los que jamás le perdonaron que fuera gay, o poco nacionalista, que se pasara al castellano o atacara a la iglesia, que no a la fe. Por suerte él, no tengan duda, seguirá vivo cuando ellos mueran.

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Información publicada en la página 65 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 23 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Hablando de biografías necesarias no puedo acabar sin referirme a la extraordinaria Samuel Beckett. El último modernista, de Anthony Cronin. La publica la editorial segoviana La Uña Rota, y su aproximación al Nobel irlandés es sencillamente la mejor para un público no académico. También el célebre autor de Esperando a Godot tuvo enemigos en su patria, y escribió en una lengua ajena, y transgredió cuanto pudo y se complicó la vida con el catolicismo y con sus seres queridos. Y también se equivocó, claro, y mucho, igual que Terenci. Pero qué quieren, uno sigue creyendo que dejar de recordarlos, de leerlos, incluso de canonizarlos, supone dar un nuevo paso hacia el abismo. Y ya faltan pocos.

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