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ENTREVISTA AL ACTOR RICARDO DARÍN

"Aún creo en el ser humano, soy así de ingenuo"

El intérprete protagoniza el drama social 'Elefante blanco', un éxito de taquilla en Argentina

Viernes, 13 de julio del 2012 - 11:05h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
RUBÉN ROMERO / Madrid

Estos días, Ricardo Darín (Buenos Aires, 1957) no hace otra cosa que hablar de “un videíto” de Karlos Arguiñano que ha visto en YouTube. “Lo único que sabía de él era su valía como cocinero. Pero no sabía que pensaba tan bien”. Es esa escena en la que el cocinero chistoso se pone serio para poner las peras al cuarto a los responsables de la crisis. Cuando le comento la que le cayó al catódico chef desde ciertos sectores por avivar el fuego de la indignación en sus fogones, el que se altera es Darín: “¿Y quién le pide a los políticos que se metan en nuestras vidas? De pronto aparece una voz que defiende al ciudadano y dice lo que piensa mucha gente. Por lo menos podrían escucharlo, antes de ponerlo a parir”.

El actor argentino Ricardo Darín.

Es una anécdota que refleja bien al Darín del siglo XXI. Harto de empaparse con el mismo amor, bajo la misma lluvia y a la luz de la luna de Avellaneda, al galán argentino por excelencia ya no le interesa resultar atractivo. O por lo menos, no quiere que su azulísima mirada nos despiste de lo realmente importante. En 'Elefante blanco', dirigida por Pablo Trapero, encarna al párroco de una mísera villa porteña al que sus circunstancias personales y la burocracia administrativa llevan a una crisis de fe.

Para alguien como usted, acostumbrado a conquistar mujeres en pantalla, ¿qué es más difícil de interpretar, un hombre que ama a una mujer o uno que ama a Dios?

No hay nada más difícil en este mundo que tratar de entender a una mujer...

... Pero la mayor parte de ellas le encuentran atractivo.

¡Eso demuestra claramente que son difíciles de entender! [risas].

¿Cómo se lleva con el Altísimo?

No sabría decirle. Le puedo hablar de la relación que tiene Dios conmigo, que, hasta ahora, ha sido bastante buena. No se ha portado mal.

¿Es usted creyente?

No soy creyente, pero soy muy respetuoso con los que lo son. Cuando vives una vida burguesa, acomodada, con duchas calientes, con cuatro comidas por día, con tus hijos teniendo la ropa necesaria, es muy fácil no tener fe. Pero cuando todo eso te falta, a algo te tienes que agarrar. Necesitas sujetarte a algo para pensar que este mundo puede ser modificado. Yo entiendo que la fe nace en el ser humano para tratar de equiparar las cosas y tratar de encontrar un poco de justicia, en este caso, divina.

¿Cómo cree que va a recibir el público español a un Ricardo Darín tan dramático y con alzacuellos?

No lo sé. Afortunadamente, los espectadores todavía tenemos la libertad de que nadie nos imponga lo que nos debe gustar. Por otro lado, cambiar es mi obligación. Debo ofrecer distintos costados y perfiles, porque un artista ha de asumir riesgos y no quedarse acomodado en el lugar en el que se siente más calentito. Si lo hiciera, no me respetaría a mí mismo. Debo correr el riesgo incluso de no gustar, de eso se trata este oficio.

En su papel en `Elefante blanco', y en sus últimas películas: `Carancho' (Pablo Trapero, 2010), `XXY' (Lucía Puenzo, 2007) y `El secreto de sus ojos' (Juan José Campanella, 2009), ese cambio parece plasmarse en papeles adustos y hasta antipáticos, alejados del Darín conquistador. ¿Es una impresión o es algo premeditado?

Es una percepción bastante ajustada a la realidad. Yo también lo noto. Pero no es algo deliberadamente planeado. Cuando uno toma el camino de contar historias fuertes, se aleja de lo liviano, porque hay tantas cosas de las que tenemos que hablar, hay tantos problemas¿ Al tener el privilegio de ser reconocido, aceptado y escuchado, me siento obligado a tratar de afinar mejor en qué proyectos debo involucrarme.

Tras el Óscar que recibió `El secreto de sus ojos', ¿no se ha planteado contar esas historias en Hollywood?

Tengo demasiado trabajo por delante y demasiados proyectos en mi propio idioma como para pensar en otro idioma que, además, no domino.

¿Entiende a los colegas de profesión que quieren triunfar en EEUU?

Los respeto. Cada uno es dueño de tener sus propios sueños y de tratar de alcanzarlos.

En su caso, ¿cuáles son esos sueños?

Tengo dos: ser feliz junto a mi familia y que mis hijos y mi mujer lo sean. Mi otro sueño, que es el que me apasiona y me desvela, es que este mundo se mire a sí mismo, reflexione y trate de reencauzarse, no me gusta cómo van las cosas. No me gusta esta desproporción, esta acumulación tan injusta y perversa de la riqueza en manos de unos pocos y que cada día sean más las personas que sufren padecimientos.

Háblenos del primero¿ ¿está más cerca de ser una realidad?

Cuando encadenas un trabajo detrás de otro te queda muy poco tiempo para estar con tu familia. Me parece que tengo que empezar a seleccionar un poco más y espaciar un poco más el trabajo, porque veo que mis hijos crecen y empiezan a partir. Yo no estoy corriendo ninguna carrera particular, así que creo que la vida me sugiere que tome las cosas con otro ritmo y con otra dinámica porque, a veces, me doy cuenta de que me paso todo el tiempo trabajando¿ y eso no puede ser. He dejado mucho tiempo a mi mujer sola, a pesar de que yo sé que no lo pasa mal¿

¿y eso es grave, claro.

¡Imagínese! Un día llegas a casa y resulta que hay otro poniéndose tu bata [risas].

Su segundo sueño es más utópico.

Lo que da bronca es que parece que el mundo no ha aprendido y sigue sometiéndonos a los mismos problemas: seguimos siendo hijos del mercado. Hay unos señores gooordos, que componen unas empresas que se llaman hooooldings, que ni siquiera tienen bandera, y que son los que nos someten a que todo el tiempo estemos supeditados a ver qué pasa con el dólar y qué pasa con el euro mientras ellos se enriquecen. No vayas a creer que con el cimbronazo del 2009, por ejemplo, todo ese dinero desapareció: lo que hizo fue cambiar de manos. Y no me gusta tampoco lo que estamos haciendo con el planeta¿ Pero le pido que me detenga ahí, porque si me pongo con las cosas que me desagradan de nuestra relación con el medio ambiente no vuelvo nunca más.

¿Queda esperanza?

Sí, si las personas que pueden tomar decisiones se animan a conectarse entre sí. Aún creo en el ser humano, soy así de ingenuo.

¿Cree todavía en el cine?

Sí, claro. El cine tiene el poder de transformar pensamientos, sentimientos y emociones. Si las ideas que se expresan a través del cine o del teatro son expresadas con claridad y buen corazón, pueden transformar al público. De eso dependemos.

¿Le ha ocurrido algo parecido con el rodaje de `Elefante blanco'?

Después de ver la película, mucha gente escribe en los blogs y vuelca sus experiencias y sus sensaciones, y muchos hablan de abrir los ojos, y del proceso transformador, de ir en contra de la discriminación, de ponerse en el lugar de los demás, de tratar de comprenderlos antes de criticar y juzgarlos¿

El universo de la `villa¿ es muy particular de Buenos Aires: ¿cómo cree que reaccionará el espectador español ante `Elefante blanco'?

Supongo que causará un fuerte impacto, como aquí, o quizás más, por la distancia y porque en España afortunadamente no se conocen este tipo de asentamientos chabolistas.

No crea. No hace mucho, EL PERIÓDICO titulaba con un categórico: `Vuelve el barraquismo a Barcelona'. En realidad, parece que solo se fue durante las olimpiadas.

Es lo mismo que está ocurriendo en Río de Janeiro: parece que hay que limpiar cada vez que vienen los extranjeros a mirarnos. De hecho, sin el mismo nivel de violencia, es fácil trazar paralelismos entre los trabajadores sociales argentinos y los españoles y sus conflictos con la jerarquía eclesiástica. Es que Argentina tiene una estructura social muy similar a la de España. La Iglesia ha tenido, tiene y tendrá un poder extraordinario. No solo porque tiene una gran cantidad de creyentes, no solo porque existen muchas iglesias y trabajadores de la iglesia, sino porque hay mucha gente de fe, mucho creyente, hasta tal punto que, a veces, es difícil distinguir entre lo que son las instituciones eclesiásticas y lo que son las instituciones de poder de la administración y el gobierno de turno. Están directamente relacionadas: o porque se llevan bien o porque se llevan mal, pero una está hablando constantemente de la otra.

¿Hasta qué punto ha cambiado su opinión sobre el barraquismo el convivir con sus habitantes durante tres meses de rodaje?

Llega un momento en el que, por el contacto diario, terminas conociendo el nombre de las personas, los nombres de sus hijos, cuáles son sus problemas personales, qué cosas les aquejan, qué es lo que necesitan, cuáles son sus frustraciones, sus sentimientos¿ Eso te acerca mucho a los desfavorecidos y aprendes a ver y a vivir la vida de otra forma. Es una experiencia aleccionadora que nos vendría bien a todos, sobre todo a los que nos quejamos de cosas por las que no nos tendríamos que quejar.

¿Fue el rodaje tan peligroso como se dice?

Cuando uno habla de las 'villas' piensa que el 95% de sus habitantes son narcotraficantes, y es exactamente al revés. El 95% de las personas tratan de luchar, trabajan a brazo partido, son decentes, llevan a los niños al colegio, tratan de superarse día a día y de luchar contra las adversidades. Solo hay un 5% o menos de delincuentes o tipos que viven la vida de otra manera. Desgraciadamente, son los que salen en los medios de comunicación y nos hacen creer que forman la totalidad de la composición demográfica de una villa. Así que ese 95% se sintió respaldado, apoyado y ayudado por la historia que contábamos y, como además, formaron parte del trabajo activo de la película, fue como un doble respiro, porque sintieron que estaban pudiendo contar su propia historia. Lo hacían a través de otros, pero con sus propias armas. A mí y a todo el equipo nos enseñaron un montón de cosas, no solo humana sino también profesionalmente, porque de eso se trataba el personaje que tenía entre manos.

Como ciudadano de un país “rescatado” en su momento, ¿nos puede decir cómo se nos presenta el futuro?

El rescate no es más que una soga más gruesa.

Usted trató el tema de las consecuencias de la recesión en `Nueve reinas' (Fabián Bielinsky, 2000), cuya acción transcurría poco antes del corralito... ¿Cree, como algunos de sus compatriotas, que España está abocada a repetir esa situación?

Me parece que, afortunadamente para España, no se trata del mismo caso. La diferencia que existe, como sensación térmica, es que en Argentina hay tanta gimnasia de crisis y que, cuando nos toca una nueva, nos preocupamos y nos asustamos, pero tampoco pensamos que es el fin del mundo. En España, ahora, todo el mundo está demasiado atemorizado y eso no es bueno, porque el miedo es lo que nos petrifica, lo que impide que nos movamos. El mundo entero está muy convulsionado, pero no tenemos que asustarnos de nada. Lo que ocurre hoy en un lugar, mañana puede ocurrir en otro, tenemos que estar preparados. Esto nos enseña que nunca tenemos que decir de esta agua no beberé.

¿Algún consejo para España de un “gimnasta de la crisis”?

Lo único que espero de verdad es que pueda salir rápido de esta crisis, que sus gobernantes se pongan las pilas y se den cuenta de cuáles son las trampas, y que no sigan apretando el cinturón por donde no lo tienen que apretar: no se pueden hacer recortes donde no se resisten los recortes, hay que hacerlos en otros lados.

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