En 1656, Rembrant, acosado por las deudas y con una amenaza de embargo de sus bienes encima, vendió algunas de sus planchas de grabado. Por una de ellas consiguió la nada despreciable cifra de 100 florines y desde entonces el aguafuerte en cuestión es conocido como La estampa de los cien florines. Esta es una de las muchas leyendas que pretenden explicar el nombre de uno de los grabados más reconocidos del maestro holandés. Pero hay más, como que fue el propio artista quien pagó dicha cantidad para elevar su cotización. O que la pieza la dio Rembrandt como intercambio de unas estampas de Marcantonio tasadas en un centenar de monedas de los Países Bajos. Sea como fuere la plancha, una de las más grandes realizadas por el pintor, fue dividida y uno de los fragmentos es una de las piezas más preciadas de las que se exhiben en Rembrant. Virtuoso del grabado.
Información publicada en la página 61 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 14 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La exposición, hasta el 23 de enero en el Museu Episcopal de Barcelona, reúne 68 de las 290 estampas que el Museo del Louvre autentifica como grabados de Rembrandt. Se trata de piezas provenientes de la colección italiana Dal Bosco, la más completa en Europa en lo que a obra gráfica de Rembrandt se refiere, que llega a Barcelona de la mano de Ibercaja. La muestra, que cubre el periodo que va desde 1630 a 1659, permite «recorrer toda la trayectoria vital del artista, desde sus primeras incursiones en el grabado hasta el final», según Rosa Perales, su comisaria.
Un recorrido que es, para Josep Maria Martí i Bonet, director del museo, «la mejor exposición de grabado que existe en el mundo». No en vano, a Rembrandt, se le considera el artista más virtuoso de la estampación. Cierto es que hay más nombres en el olimpo de los maestros del grabado, como Goya y Picasso, pero «todos son deudores» del autor de La ronda de noche, a juicio de Perales, que afirma: «Fue el gran difusor y creador del grabado moderno» y «el primero que dignificó la obra gráfica como obra de arte». De hecho, el gran negocio del holandés eran las estampas y por ello era conocido entre sus coetáneos. Así, Guercino lo definía, en 1660, como «gran virtuoso», y John
Evelyn, en 1662, como «incomparable» y poseedor de «un genio absolutamente singular».
MAESTRÍA TÉCNICA / El porqué de tanto halago se puede apreciar recorriendo la muestra que se organiza alrededor de tres temas. La mitad de las estampas son de motivos religiosos, dedicadas sobre todo a los relatos bíblicos, como La resurrección de Lázaro. Algunas destacan por las composiciones con múltiples personajes, La expulsión de los mercaderes del templo; y otras porque suponen una expresión de la libertad del autor, ya sea por el uso de grandes formatos, entonces nada habituales, El Descendimiento; o por la temática nada común en la sociedad luterana, como La muerte de la Virgen.
La maestría técnica de Rembrandt, el captar la luz desde la sombra, aparece de forma acentuada en piezas como La huida de Egipto, y Estudioso con luz, este último expuesto en el segundo apartado de la muestra, el de los temas de género, protagonizados por personajes marginales, que denotan el espíritu moderno del maetro holandés. Los retratos, «culmen de la obra gráfica de Rembrandt», afirma Perales, cierran la muestra, con el de Lieven Willensz van Coppenol, una «delicia que define lo que es el retrato psicológico», como colofón.