Salónica, la segunda ciudad de Grecia, tiene un agradable paseo marítimo lleno de terrazas, museos ejemplares, buenos restaurantes que se articulan en torno al mercado, antiguas iglesias bizantinas, ruinas romanas, murallas en la parte alta, una vibrante vida universitaria y una zona de marcha que se concentra en lo que fue el barrio judío. En su libro La ciudad de los espíritus. Salónica, desde Suleimán el Magnífico hasta la ocupación nazi (Crítica), Mak Mazower escribe que la ciudad ha ido cambiando de manos a lo largo de la historia, alternándose en el poder cristianos, musulmanes y judíos. En esta mezcla de culturas radica, probablemente, su encanto.
Información publicada en la página 317 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 08 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Un año clave de la historia de Salónica fue 1492, cuando llegaron a la ciudad, procedentes de la Península Ibérica, unos 20.000 judíos, expulsados por los Reyes Católicos. No tardaron en ser mayoría, y Mazower describe así cómo vivían: «Rezaban en sinagogas que bautizaban según los lugares que habían tenido que abandonar: Hispaniya, Sicilia, Magrebi, Lizbon, Katalan, Evora, Aragón… y muchas otras. Estas sinagogas duraron hasta que fueron destruidas por el incendio de 1917».
Ladino, lengua común
El gran incendio del año 1917, que destruyó la ciudad, es otra referencia inexcusable en Salónica. Muchos judíos optaron entonces por marcharse a otros países, pero siguió quedando en la ciudad una importante población sefardí que tenía en el ladino su lengua común. «Todos hablaban ladino antes de la Segunda Guerra Mundial», me cuenta Erica Perahia, descendiente de sefardís, en el Museo Judío de Salónica. «Había tantos judíos llegados de España que acabaron por asimilar a los otros. El ladino era la lengua común. Por desgracia, el Holocausto acabó con todo», lamenta Perahia.
La persecución nazi es otro de los dramas de Salónica. Los nazis ocuparon la ciudad entre el 8 de abril de 1941 y el 30 de octubre de 1944 y en este período de tiempo enviaron a los campos de concentración y a las cámaras de gas a 43.000 de los 56.000 judíos que vivían en Salónica. Fue una horrible matanza que diezmó a la población sefardí, hasta el extremo de que hoy solo 1.200 judíos viven en Salónica.
Viejas canciones
«La generación de mis parientes hablaba habitualmente el ladino», cuenta Erica Perahia. «Mi generación, por desgracias, solo lo entiende, pero ya no lo habla, o lo habla muy mal. Los jóvenes ya no saben nada de ladino».
Quedan, eso sí, las viejas canciones que cantantes como David Saltiel se esfuerzan en popularizar, como la titulada Alta, alta es la luna: «Alta, alta es la luna /
Cuando empesa 'sclareser / Hija hermoza sin ventura / Nunca llegue a nacer…». Y quedan también los nombres de algunos alimentos, como las rodanchas (buñuelos de calabaza), pastel de kwezo, keftikes de poyo (croquetas de pollo), dulce de nuez verde y otras recetas de origen español.
En Lakádika, sin embargo, en el antiguo barrio judío, ya no se escucha el ladino. Actualmente es una zona de casas reconstruidas, de restaurantes de moda y bares de marcha, pero cuesta encontrar el alma judía en la Salónica de hoy. Para hallarla hay que ir hasta el Museo Judío, donde, en una de sus vitrinas, se puede ver la estrella amarilla de tela que los nazis obligaban a coserse en la ropa a los judíos. Es la estrella que lucha contra el olvido de la ignominia.