El director canadiense David Cronenberg tardó solo seis días en convertir Cosmopolis, la novela de Don DeLillo que anticipó la debacle económica, en el guion de su vigésimo largometraje.
Información publicada en la página 53 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 11 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Su película habla de un colapso financiero global y de disturbios anticapitalistas en Nueva York. ¿Le influyeron movimientos como Occupy Wall Street o el 15-M?
-De ningún modo. Cosmopolis nunca pretendió ser un análisis de la situación económica mundial actual, porque escribí el guión casi hace tres años, y DeLillo escribió su libro hace 12. Lo que pasa es que lo que escribió entonces resultó ser extremadamente clarividente. En todo caso, soy consciente de los paralelismos del filme con el mundo real. Recuerdo que, durante el rodaje, justo un día después de rodar una escena en la que Robert Pattinson recibe un tartazo vi por la tele a Rupert Murdoch recibiendo un tartazo. Fue muy raro.
-¿Qué opina de esos movimientos de protesta?
-No acabo de entenderlos. No creo que sean movimientos anticapitalistas, no los integran comunistas ni gente que odia el capitalismo. En realidad, esas personas reclaman una parte del pastel capitalista. Me parece un poco hipócrita.
-¿En qué medida afectó la abrumadora celebridad de Robert Pattinson a la producción de la película?
-La fama de Rob solo me importó en tanto en cuanto me permitió obtener financiación para la película más fácilmente. Punto. Una vez empezamos a rodar, fue como si ni él ni yo nunca hubiéramos rodado otra película antes. En cada rodaje creas algo nuevo, y pensar en el currículo no aporta nada.
-¿Cómo definiría a Eric Parker, el personaje de Pattinson?
-Es alguien muy hábil en el mundo financiero y un incapaz en las relaciones humanas. Las personas como él están tan desconectadas del mundo que pueden llegar a causar un sufrimiento increíble al ser humano. Eric tiene un guardaespaldas no porque sea una celebridad, sino porque literalmente quiere esconder su cuerpo. Quiere ser anónimo, porque así es como estos tipos operan.
-Su película parece estar más interesada en crear una atmósfera que en contar una historia. ¿Era su intención?
-Si te refieres a que por momentos no hay forma de entender de qué hablan los personajes, soy consciente de ello. Y tiene sentido, porque a día de hoy es imposible saber qué significado tiene el dinero. Cuando veo las increíbles sumas de dinero que se pagan por cosas sin valor aparente, me siento idiota. Mi único objetivo es que la gente se haga preguntas.
-¿Es una casualidad que, pese a ser usted un cineasta eminentemente visual, sus dos últimas películas sean esencialmente escenas de gente que habla?
-El lenguaje siempre ha sido crucial para mí. Mis raíces creativas son más literarias que cinematográficas. Incluso en mis primeras películas, como Vinieron de dentro de… (1975), los diálogos eran cruciales, a diferencia de lo que sucedía en otras películas de terror, que estaban llenas de diálogos banales. Para mí, el cine es diálogo.
-Muchos dirían que el David Cronenberg de hoy no tiene nada que ver con el hombre que rodó Rabia (1977) y La mosca (1986). ¿Se siente usted el mismo cineasta?
-Muchos de quienes me critican no tienen ni idea. Me siento el mismo, aunque más maduro y más seguro de mi talento. Y no siento la necesidad de hacer lo mismo una y otra vez. No es que rechace hacer películas de terror porque ahora me sienta un artista más serio, sería un cretino si pensara así. No vacilaría en hacer otra película de terror, pero muchos de los proyectos que me proponen están tan influidos por mis primeros filmes que, de aceptarlos, sentiría que estoy haciendo un remake.