Nando Cruz
Periodista
Ya no existen en España acontecimientos musicales con mayor impacto mediático y social que los grandes festivales. Tal es su dimensión que abundan estudios que calculan su impacto económico en el territorio. Lo que aún falta estimar es su impacto en la industria cultural y, ya que estamos, en la cultura.
Información publicada en la página 64 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 19 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
España cuenta con algunas de las citas festivaleras más potentes de Europa. Sin embargo, ¿cómo revierten en el tejido cultural? Hoteles, restaurantes y patrocinadores están entusiasmados, pero, ¿tenemos más salas de conciertos que hace 20 años? ¿Y más tiendas de discos? ¿Más grupos? ¿Más formación musical? ¿Más melómanos? Todo apunta a que esos cientos de artistas y miles de canciones que suenan en los festivales generan dividendos que apenas están calando en el sector musical. Quizá deberíamos hablar ya de fuga de capital.
Pero tampoco la música debe evaluarse únicamente en términos monetarios, así que aplaudamos la labor de los festivales a la hora de educar e inspirar al público mostrando propuestas interesantes y, sobre todo, atrayendo un perfil de espectador no necesariamente experto. Otro tema es en qué medida la oferta festivalera enriquece nuestra visión del mundo. Eso es algo perfectamente exigible a cualquier evento que se atribuya el calificativo de cultural.
Tras las polémicas sobre qué realidad debe reflejar un festival late una duda más amplia. ¿Qué cabe exigir a estos grandes eventos y qué ya no vale la pena esperar de ellos? Su propio modelo de ciudad dentro de una ciudad limita su impacto real. Y aquí, a menudo, se confunden los términos: no es lo mismo integrar la ciudad en un festival que integrar un festival en la ciudad. Pero aunque haya casos flagrantes de nulo impacto en el entorno (¿cuántos grupos se han formado en Benicàssim desde 1995?), los festivales no tienen la culpa de todo.
Este país lleva décadas mentando el franquismo como causa del retraso musical, pero aquellos años en los que cualquier grupo extranjero quería venir a tocar (y a cobrar cachés espléndidos) y se inauguraban auditorios cada mes no parecen haber fortalecido el sector. Hablamos de un país en el que los niños no reciben en la escuela nociones para formarse un criterio musical. De un país que trata al músico como una divinidad, un pringao o un vividor, pero nunca como un trabajador más.
Hablamos, también, de una ciudad mediterránea como Barcelona, en la que tocar en la calle está penado; perdón, regulado. De una ciudad en la que es imposible abrir una sala de conciertos; y tenerla abierta supone mil quebraderos de cabeza administrativos. De una ciudad donde ni ahora que los bares ya pueden programar música en vivo, sale a cuenta hacerlo porque la gente no acude.
La casa por el tejado
Instituciones, medios y público nos llenamos la boca con las grandes citas, pero los festivales son el techo de un edificio aún por construir. Seguimos viendo la música como algo molesto y poco útil; salvo que llegue envasada al vacío (solo tres días) y etiquetada como fiesta y/o feria. La música como excepción, no como acción cotidiana.