análisis

El baile sin fin de Leonard Cohen

El cantautor mostró su apetito de escenario cantando casi cuatro horas en Gante

Martes, 14 de agosto - 00:00h.

Después de una larga tanda de bises, con varios falsos finales y más y más canciones eternas para nuestra vida breve, el recital de Leonard Cohen el domingo en Gante (Bélgica), estreno de su gira mundial, acabó durando tres horas y 57 minutos. ¿Cohen, tras las huellas de Springsteen

Un concierto tan largo puede terminar siendo como una visita a uno de esos museos faraónicos en los que, tras una mañana entera pateándote salones y pasillos, te plantas delante de la Victoria de Samotracia y ni te inmutas. «Ah, otra obra maestra, muy bien, pero ¿cuándo nos vamos a comer?». Pero, alto, que hablamos de Leonard Cohen, y ahí, la acumulación de belleza y misterio, esa discreta cadencia pausada, el desinterés por impresionar y el dominio del enamoramiento de las masas producen un efecto muy distinto, más cercano al síndrome de Stendhal, que hizo enfermar al escritor tras su visita a Florencia, tan llena de arte.

78 años, en septiembre

Hubiera sido una frivolidad que ahora Leonard Cohen cambiase de banda y repertorio y tratara de reinventarse. ¿Perdón? ¿Reinventarse? A su edad, 78 años que cumplirá el próximo mes de septiembre, la altura artística está en el fondo, el sedimento. Y el domingo pasado, en Gante, vimos un recital que le dio la mano al del Palau Sant Jordi en el 2009. Unos pocos retoques en la banda (el más visible, la sustitución del saxofonista Dino Soldo por el violinista Alexandru Bublitchi) y un repertorio asentado en su mitología personal que, sobre todo en la primera parte, lanzó miradas a su nueva obra, Old ideas: de la gravedad de Darkness a la espiritualidad de Amen y el sarcasmo ligero de Different sides.

En el segundo bloque, que se abrió con Tower of song y Suzanne, cayó una última canción nueva, la sexta, Crazy to love you, y el guion se decantó hacia la historia con gestos de generosidad hacia las hermanas Hattie y Charley Webb (que protagonizaron Coming back to you) y Sharon Robinson (Alexandra leaving).

Las propinas

Tras culminar con Hallelujah y Take this waltz, comenzó la ceremonia de las propinas. Primero, So long, Marianne y un First we take Mahattan en el que Leonard Cohen se agachó, devoto, ante el zaragozano Javier Mas («desde Barcelona», dijo al presentarlo; que no se nos enfaden los aragoneses). Luego, Famous blue raincoat, If it be your will (cantado por las Webb Sisters) y un vivaz Closing time con ánimo de despedida.

Falsa alarma: como en la anterior gira, Leonard Cohen regresó con los versos irónicos de I tried to leave you (Intenté dejarte), y luego tuvimos una buena sorpresa con la deliciosa versión de Save the last dance for me, el éxito de The Drifters en 1960 firmado por Doc Pomus y Mort Shuman, y que sonó cerca de cuatro horas después de Dance me to the end of love, que había abierto el recital.

El baile, pues, como grácil metáfora de la continuidad vital rumbo al crepúsculo.

¿Final definitivo? Pues tampoco. La plaza de Sint-Pieters seguía bullendo, y Leonard Cohen y su banda volvieron con dos canciones más, Sisters of mercy y Waiting for the miracle. «Espero que nos sigamos viendo cada ciertos años», dijo el canadiense al despedirse, por fin, tras esa exhibición de vitalidad y de apetito escénico. Que así sea, señor Cohen.