Entre mis papeles de juventud, encontré la foto que buscaba. Se trata de una instantánea, recortada de un periódico, en la que salgo junto a una amiga italiana en una especie de convención internacional de jóvenes europeístas. Me confunde no haberle puesto fecha alguna, de modo que ahora mismo solo recuerdo que fue hacia finales de los años 50.
En cambio, sí recuerdo bien que a partir de lo que oí y aprendí en aquella reunión fue cuando Europa dejó de ser para mí «¡la cuna de la civilización occidental!», para pasar a ser, además, un hermoso proyecto que, quién sabe, tal vez algún día se convirtiera en una federación de estados democráticos y laicos.
Esa fue la expresión: federación de estados. El país en que nací, Brasil, también es desde 1889 una federación de estados, por lo que no tuve dificultad en comprender de qué hablaban quienes se referían con ilusión y entusiasmo a semejante posible futuro para el viejo continente. La verdad es que esa idea arraigó en una desarraigada como yo. Y hasta hoy.
Entonces aún me preparaba para ser, cómo no, una gran periodista. Pero las vueltas que da la vida suelen ponerle zancadillas a los propósitos disociados de la cruda realidad. Tuve que cambiar los míos, como los entusiastas europeístas que éramos tuvimos que someter los nuestros a las exigencias de un largo proceso histórico que ha seguido sin embargo en progresiva evolución lenta pero no menos constante.
Desde aquella reunión juvenil han pasado más de 50 años y hoy vivimos en una Europa unida, con una moneda única y a un paso del viejo propósito federalista. Me doy cuenta de que todavía me emociona esta idea, de que aún vislumbro en ella destellos de una renovada ilusión.
Cuando, al parecer, la alternativa a una brutal crisis económica y social es la de una triste indignación sin respuesta, ¿qué perdemos por sacudirnos la caspa de antiguos hábitos y creencias, banderas y banderines, y ponernos a la tarea de elaborar al fin una Europa federada? Nadie dice que eso sea coser y cantar. Deberemos currárnoslo. ¿Te apuntas?