Llegó a Roma con 25 años requerido por el papa Julio II y murió con 37 en la misma ciudad. Pero pese al poco tiempo vivido en la corte vaticana y a su prematura desaparición tuvo tiempo de convertirse en uno de los pintores más influyentes de la historia. Y de crear uno de los talleres de pintura más grandes que se conocen, una factoría con por lo menos 50 trabajadores, algunos de ellos de reconocido talento como Giulio Romano y Giovanni Francesco Pinni. Es Rafael Sanzio (1483-1520), el más joven del triunvirato de genios --con Leonardo y Miguel Ángel-- que reinaron en el Cinquecento, y al cual el Museo del Prado rinde honores con una de las muestras más importantes celebradas sobre el maestro de Urbino y la primera centrada en el último periodo de su producción.
El último Rafael, que así se llama la exposición, mostrará, desde el martes al 16 de septiembre, 74 obras (44 pinturas, 28 dibujos, un tapiz y una pieza arqueológica) de Rafael y su taller realizadas durante los últimos siete años de su vida, desde el inicio del pontificado de León X (1513) hasta la anecdótica muerte del pintor (según Vasari por unas fiebres contraídas por practicar "un exceso de placer"). Se trata de la etapa menos estudiada y también de la más denostada del artista, aunque injustamente. De ahí la exposición, que tiene entre sus objetivos “revaluar y rehabilitar las obras de dicho periodo” apunta Tom Henry comisario de la muestra junto con Paul Joannides.
"Una etapa en la que Rafael se convirtió en la figura dominante del panorama artístico romano y su volumen de trabajo fue tal que optó por hacer hincapié en el diseño y delegar la ejecución”, explica Miguel Falomir, experto en pintura italiana del museo. La autoría compartida de algunas de las piezas y el hecho de que los academicistas del siglo XIX considerasen su última época demasiado densa y refinada son dos de las principales razones para explicar la poca fortuna crítica de la última etapa de Rafael.
Un maestro que estuvo en permanente evolución y cuya mayor obsesión era no quedarse obsoleto. No en vano, todos los expertos coinciden en que una de sus mayores virtudes es que, como Picasso, fue capaz de apropiarse de las ideas e innovaciones de otros --Leonardo y Miguel Ángel fueron los grandes innovadores del momento-, interiorizarlas, sintetizarlas, mejorarlas y luego plasmarlas en sus obras con gran equilibrio, belleza y perfección.
Tres de los términos más utilizados para analizar las composiciones, las madonnas, y los retratos de Rafael. Es el caso de La visión de Ezequiel (1518), La Virgen del pez (1512-14) y Baldassare Castiglione (1514-15). Tres de las piezas expuestas en el Prado. Y de una cuarta, Santa Cecilia (1514-15), de la que Goethe afirmó: “Cinco santos uno al lado del otro; ninguno de ellos nos interesa, pero su existencia es tan perfecta que se desea al cuadro que dure una eternidad”. En total “apabullante conjunto de obras tardías de Rafael” según Miguel Zugaza, director del museo, la mayoría provenientes de El Prado y el Louvre, los dos organizadores de la exposición, y muchas viajan por primera vez.