Su nombre ha sido uno de los habituales en las listas de los ganadores a los Nobel. Pero más allá de ello y pese a ser uno de los grandes poetas europeos, reconocido unánimemente desde hace 30 años, el nombre del poeta sueco Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931) es conocido tan solo por una minoría. La de los lectores de poesía, que admiran su estilo esencial --no en vano una de sus últimas formas poética es el haiku-- sustentado en el valor de la palabra y en su capacidad por crear unas imágenes impactantes cercanas al surrealismo.
Hijo de un periodista --que lo abandonó cuando tenía tres años-- y de una maestra de escuela, Tranströmer se ganó la vida como psicólogo en centros penitenciarios mientras elaboraba una obra poética sin prisa. A los 24 años publicó su primer libro 17 poemas, a los que siguen Secretos en el camino, El cielo a medio hacer, Tañidos y huellas, Visión nocturna, Senderos, La plaza salvaje, Para vivos y muertos, Góndola fúnebre, 29 haikus y Visión de la memoria.
Todos estos libros están recogidos en la antología El cielo a medio hacer que publicó el año pasado la editorial Nórdica y con el reciente Deshielo a mediodía, en la misma editorial y en traducción de Roberto Mascaró componen un recorrido completo por su obra. Uno de sus poemas más conocidos es Soledad.
En 1990, Tranströmer sufrió una hemiplejía que afectó a su capacidad en el habla pero que no le impidió seguir escribiendo. Dieciséis años antes de que esto sucediera, el poeta previó lo que iba a ocurrir en uno de sus poemas más sobrecogedores, Bálticos.
"Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho
con afasia , solo comprende frases cortas,
dice palabras inadecuadas.
Así no alcanzan ni el ascenso ni la condena.
Pero la música permanece, sigue componiendo en su propio estilo".