Velada triunfal en el selectivo Palau 100. La Orquesta Sinfónica de Pittsburgh arrasó con el poderío de todas sus secciones y una homogeneidad sonora de esas que aparecen solo de tarde en tarde. Y esa excelencia quedó demostrada con la espectacular interpretación de la sobrecogedora 'Segunda sinfonía' de Mahler, también denominada 'Resurrección', que el público que abarrotaba el recinto modernista siguió con un silencio tan tenso y espiritual como el de una partitura que transmite las sensaciones más intimas del sentido de la vida, de la muerte y del más allá.
Con más de un centenar de músicos en escena, dirigidos magistralmente por su titular, el austriaco Manfred Honeck, la formación dejó claras las huellas de una identidad que es común a la de las grandes orquestas norteamericanas: sonido contundente apoyado en sus poderosísimas secciones de metal y percusión y soberbios 'pianos' en los momentos de estructura más lírica con su no menos estelar sección de cuerda. Música con mayúsculas, de esas que transmiten emoción a raudales, y espectacularidad.
El Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau, en su primera actuación conjunta en este ciclo, además de la soprano Laura Claycomb y la soberbia contralto Gerhild Romberger, se sintieron contagiados de este clímax y rayaron a gran altura participando también al final de los casi 15 minutos de aplausos y bravos que les dedicaron una conmovidos espectadores.
El inicio, con el primer y monumental movimiento desarrollado en forma de ceremonia fúnebre, es un poema sinfónico que contempla retrospectivamente la vida de un héroe muerto en plena juventud. Impresionante el dramatismo desbordante que supo imprimir la orquesta, reflejando las vivencias del propio autor, así como su relación con la naturaleza. Después de esta interpretación todo se apacigua en un segundo más plácido que puso a prueba las otras virtudes de esta formación. Siguió sin apresurarse, contenida y con un cierto tono humorístico en el tercer pasaje. La irrupción de un 'fortissimo', premonición de la muerte, se encadena al final del movimiento con un delicado 'pianissimo'.
La aportación de los coros y las voces solistas cobró fuerza en el quinto movimiento. El murmullo del coro arropó el discurso de la orquesta y se ensambló perfectamente con las dos destacadas solistas de esta memorable noche de gran música.