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RELATO. SIETE DÍAS EN EL BARCO DEL AMOR (5)

El protagonista, tras participar en un concurso de karaoke con una sueca y lograr una copa de plata, sabe al fin cuál es su papel en aquella ópera flotante.

El pianista sin casa

Sábado, 28 de julio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por JORDI PUNTÍ

Esa misma noche, tras el campeonato de karaoke, nos invitaron a una cena oficial, de esas de etiqueta y orquesta. La pareja belga ganadora, Alva y yo nos sentamos en la mesa del capitán del Wonderful Sirena. A los postres, la autoridad máxima nos entregó una copa como segundos clasificados en el karaoke de dúos (otra foto). Era de plata sencilla y en la parte frontal alguien había grabado apresuradamente nuestros nombres, con faltas incluidas: Alvia y Maury. La llenamos de champán, brindamos y bebimos los dos a la vez, con nuestras bocas muy juntas. La gente se acercaba a la mesa para felicitarnos y nos llamaba Barry, Barbra. Esta efervescencia nos acompañó durante toda la noche.

PERICO PASTOR

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Información publicada en la página 316 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 28 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Alva y su hermana habían embarcado en Capri, era su segundo día a bordo, y llevaban completamente lleno el depósito de la diversión. Primero los tres, y después Alva y yo solos -porque Marianne se nos despistó y desapareció-, bebimos cócteles exóticos en un bar que imitaba una cabaña hecha de bambú y bailamos en la discoteca. En medio de la niebla del alcohol, recordé aquellas películas de los años 60 en las que aprendí la palabra adúltero y en las que las suecas que veraneaban en la Costa Brava eran liberadas y promiscuas.

Así, impulsado por este afán, sin saber cómo ni por qué, esa noche acabé con Alva en la tienda de los tatuajes. Tumbados en dos literas, uno al lado del otro, con los pantalones bajados y aguantando a duras penas la risa, los dos nos hicimos tatuar en la nalga derecha, por siempre jamás, un delfín que saltaba de alegría.

Como suele ocurrir cuando uno corre el riesgo de jugárselo todo a una sola carta, la operación del tatuaje sofocó nuestra euforia y nos dejó las nalgas demasiado doloridas. Alva y yo decidimos que ya nos veríamos al día siguiente y que lo seguiríamos celebrando de una manera más íntima.

-«Al fin y al cabo somos pasajeros del barco del amor, ¿no? -me dijo sonriendo desde la puerta de su camarote, a punto de entrar en él, y me dio un beso-. Have a good night, Barry».

Good night, Barbra».

Aunque ya era tarde, en lugar de retirarme a dormir, decidí acabar el día con un whisky sour en el Rimini. Cuando llegué al piano-bar, me pareció que los otros clientes de la barra me miraban aliviados, como si comprobasen que finalmente no los había traicionado. El camarero me sirvió el combinado. En un sofá, rendida en los brazos de un sobrecargo del barco, distinguí a Marianne, que llamaba a zafarrancho de combate. Sam estaba tocando su versión de Night and Day, de Cole Porter. Entonces no lo podía imaginar, pero esa fue la última canción que escuché interpretada por el gran pianista Sam Cortina. Cuando terminó la canción, anunció su pausa habitual y se acercó a la barra. El camarero le sirvió su whisky sin hielo.

-«Usted tiene aspecto de fumador, y a mí me vendría muy bien un cigarrillo -me dijo, el aliento le apestaba a whisky-, pero aquí está prohibido fumar porque dicen que prenderíamos fuego a la moqueta. Tonterías de los tiempos modernos. A cambio, como compensación, nos dejan subir el vaso de whisky a la cubierta. ¿Me acompaña?».

Sin decir palabra, con un gesto de aceptación, le indiqué que pasara delante de mí. Le iría bien un poco de aire. En cubierta ya no quedaba casi nadie. La luna llena barría el mar en calma y nos iluminaba como si fuese un cañón de luz en un escenario.

-«Hace días que tengo ganas de preguntarle una cosa, Sam. ¿Dónde vive usted? ¿Dónde tiene su casa?».

Dudó unos segundos, como si no hubiera entendido bien la pregunta.

-«Aquí -dijo-, vivo aquí. En el barco».

Al aire libre se reanimó un poco. Nos apoyamos en la barandilla de popa. Las hélices del barco removían el agua y dejaban un rastro de espuma blanquecina. Lanzamos las colillas de los cigarrillos y desaparecieron en la oscuridad antes de llegar al agua. Para animarlo, porque aparentemente tenía que volver a tocar, elogié su música, la facilidad con que conseguía domar las tonadas más famosas y apropiárselas. Entonces le pregunté si componía canciones propias. Algunas de sus adaptaciones eran tan libres y personales que ya lo parecían.

-«No -me respondió secamente, pero unos segundos después se aclaró la garganta para liberarla del mal gusto y siguió hablando-. Yo no escribo canciones. Yo no grabo discos. Se lo acabo de decir: yo vivo en este barco. En ocho años solo he bajado a tierra una docena de veces, y siempre para saltar de un transatlántico a otro y cambiar de paisaje. También le diré que me da lo mismo el Mediterráneo que el Atlántico. El mar siempre es el mismo cuando navegas en uno de estos monstruos. Y la gente, también.

-«¿Puedo preguntarle por qué se castiga con esta penitencia?».

Negó con la cabeza, pero luego volvió a dudar unos segundos, como si estuviera decidiendo los límites de nuestra nueva amistad, y al fin respondió:

-«Por una mujer».

Traducido del catalán por Paulino Rodríguez.

Y MAÑANA: 6. Pídele que toque 'Yesterday'

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