Si hay una isla en el Mediterráneo que tiene el copyright de paraíso, esta podría muy bien ser Formentera. Su superficie es solo de 77 kilómetros cuadrados, pero sus largas playas, su ambiente tranquilo y un agua color turquesa la convierten en un lugar idílico en el que los problemas no parecen tener cabida. Cierto que en agosto se llena de multitudes que rompen la paz de la isla con ruidosos motorinos, pero, aún así, Formentera sigue siendo Formentera.
Información publicada en la página 317 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 28 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Si hurgo en el pasado de la isla, lo primero que me viene a la memoria es la Formentera hippy, cuando en los años 60 desembarcaron allí jóvenes norteamericanos que venían a olvidarse, gracias a la inmersión en el paraíso y con la ayuda de las drogas, del mal rollo de la guerra del Vietnam. Hay constancia fílmica de la etapa (More, película de 1969 de Barbet Schroeder con banda sonora de Pink Floyd), y también musical, con Formentera Lady, de King Crimson, como tema bandera. Y queda, claro, el testimonio del Pau Riba, el hippy catalán por excelencia, y la leyenda que asegura que Bob Dylan vivió un tiempo en Es Molí de La Mola.
En Formentera, se cuentan historias que hablan de una tierra difícil, de penurias y de contrabando, pero yo prefiero mirar más atrás y recordar la visita de los vikingos en 1109, cuando Formentera aún estaba en manos musulmanas. El historiador Macià Riutort Riutort, profesor de la Universitat Rovira i Virgili, en Tarragona, ha estudiado a fondo este tema recogido en la saga nórdica Heimskringla. En ella se describe cómo Sigurdur I zarpa de Noruega con una flota de 60 naves en el otoño del 1107, con varios miles de soldados y con destino a Tierra Santa, donde pensaba apoyar al nuevo reino de Jerusalén, establecido por la primera cruzada.
Sigurdur I se va al sur
Sigurdur I pasó el invierno en Inglaterra y llegó a Galicia en otoño de 1108. En 1109, tras dejar atrás el estrecho de Gibraltar, avistó las costas de Formentera, que en la Heimskringla recibe el nombre de Forminterra. Allí se enfrentó a unos piratas sarracenos que se habían refugiado en una cueva. En su primer intento de asalto, los piratas lanzaron piedras a los vikingos y les forzaron a retroceder. A continuación, para provocarles, pusieron el botín conseguido en sus incursiones a la entrada de la cueva, les insultaron y les llamaron cobardes. Sigurdur I reaccionó con astucia: hizo traer dos barcas hasta la entrada de la cueva; las puso al revés y escondió debajo a algunos soldados. La maniobra funcionó y los soldados consiguieron así acabar con los piratas y hacerse con un buen botín.
Este ataque, por cierto, deja constancia de la aparición de vikingos en Formentera mucho antes de que los agentes turísticos descubrieran la isla y enviaran allí a miles de nórdicos. Las crónicas locales no lo consignan, pero, en contrapartida, las islandesas recogen el ataque de unos piratas turcos (en realidad eran de Argel) a las costas de Islandia en 1627. Dejaron tras de sí un rastro de muerte y se llevaron a más de 200 esclavos. Previo pago de un rescate, solo unos pocos lograron regresar a Islandia, pero los islandeses actuales bromean imaginando que fueron muchos los que prefirieron quedarse a vivir junto al Mediterráneo, lejos de su fría, volcánica y remota isla.