De niña Paloma Herrera suspiraba por ponerse zapatillas de punta. En los recreos del cole practicaba pasos de ballet y nunca se le ocurría saltarse una de sus clases de danza para acudir a un cumpleaños. De mayor, su pasión por los fouetés y los arabesques ha ido a más y más. El ballet está en su ADN. "No sabría explicar de dónde surgió mi obsesión por las zapatillas de punta. Yo siempre tuve claro que quería ser bailarina y pensaba que, como yo, todo el mundo sabía desde pequeño lo que quería hacer en la vida", explicaba ayer, sin apenas rastro de su acento argentino, en el bar del Liceu, feliz de añadir un nuevo teatro a la larguísima lista de escenarios en los que ha actuado durante su carrera.
Tenía muchas ganas de venir a Barcelona con el American Ballet Theater (ABT), que considera su segunda familia desde que entró en él con tan solo 15 años, aceptando el puesto sin tan solo consultar a sus padres en Buenos Aires. "Siempre me he sentido muy arropada. Primero por mi familia, después por mis maestros y mis compañeros. Aunque la vida de bailarina es muy sacrificada, yo me siento afortunada porque siempre soñé con bailar. Llegar a donde estoy es difícil. No bastan las ganas y el físico: es una combinación de muchos factores", explica esta mujer que a sus 36 años cuida su cuerpo, principalmente con clases de yoga y comida sana. Está abonada a las ensaladas de fruta y come pescado, pero no prueba la carne roja.
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