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HIPERACTIVIDAD EN LAS NUEVAS BANDAS CATALANAS

Músicos con pluriempleo

Por inquietud y necesidad económica, los instrumentistas tocan en varios grupos a la vez

Martes, 22 de enero del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JORDI BIANCIOTTO
BARCELONA

El asistente a conciertos de artistas de nuestra moderna escena pop habrá podido observar cómo muchos músicos compatibilizan su implicación a diversas bandas al mismo tiempo. Pueden ser proyectos propios o trabajos de encargo, pero cada vez es más común que los instrumentistas compartan fidelidades. Así, un noche puedes ver a Xarim Aresté tocando con Sopa de Cabra en el Palau Sant Jordi y, poco después, con Maika Makovski en el Grec o con Paul Fuster en el minúsculo Heliogàbal. ¿Motivo? Inquietud artística, sí, pero también, en la mayoría de casos, un imperativo laboral.

Sanjosex, flanquado por Miquel Sospedra (izquierda) y Xarim Aresté. ÁLVARO MONGE

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Información publicada en la página 46 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 22 de enero de 2013 VER ARCHIVO (.PDF)

Ramon Aragall, batería vinculado a bandas como Els Amics de les Arts y Dorian, funde ambas motivaciones. «Me apetece, es mi trabajo y, además lo necesito», explica en un encuentro de músicos pluriempleados convocado por este diario en torno a una mesa del Café Lateral, en el Eixample barcelonés. Aragall, como Aresté, Mau Boada, Miquel Sospedra y Xavi Molero, son músicos de vocación, profesionales, que no mercenarios: eligen los proyectos a los que se vinculan y priman la sintonía emocional y artística. «Yo necesito hacerme amigo del músico. Si no, no puedo. El mercenario es quien llega a un ensayo y pone el taxímetro. Eso no mola», explica Sospedra, bajista con linaje familiar (su padre es Sebastià Sospedra, que tocó ese instrumento en los años 60 con Los Salvajes y en los 70 con Lone Star). «Yo era fan de los músicos con los que he acabado tocando», asegura Xarim.

Tocar en varios grupos supone agilidad mental, capacidad de adaptación («no todo el mundo puede tener en la cabeza 50 o 60 canciones», apunta Aragall) y saber manejar la agenda. «Para mí, el problema es cuadrar horarios; eso me crea angustia», asegura Sospedra. Cuando coinciden bolos la misma noche, la norma es que «el primero que lo ha confirmado tiene prioridad», señala Molero, su cómplice en la banda eléctrica de Christina Rosenvinge.

Todos tienen en común «la incertidumbre a tres o seis meses vista», confiesa Aragall, otro músico de saga ilustre: su padre es el tenor Jaume Aragall, detalle del que no le gusta presumir. Lamenta que, ahora, con la crisis, muchos artistas salen de gira con formatos reducidos, acústicos y sin batería. Por eso, el compromiso de un año y medio de gira con un grupo de éxito, Els Amics de les Arts, es una tabla de salvación. «Ahora no hay muchas bandas que hagan 80 o 100 bolos en un año», subraya.

El contexto económico favorece la promiscuidad. La tarifa del músico de alquiler, aunque oscila enormemente, se suele situar entre los 150 y 300 euros por concierto. Pero los convocados coinciden en que el número de bolos se ha reducido. Y los pagos se están relantizando. «Se están cobrando conciertos de ayuntamientos con casi un año de retraso», lamenta Mau Boada),

GRÀCIA, «LA OFICINA» / En Barcelona, Gràcia es uno de los lugares donde se cuece la escena. Locales como Heliogàbal y Vinilo, frecuentados por músicos y productores. «Gràcia es la oficina, así de claro», estima Aragall. Para establecer complicidades (antesala necesaria para obtener un trabajo), nada mejor que compartir barra de bar con amigos comunes. «Como el 'backstage' de los festivales. Allí se va a hacer contactos, algo que a mí me da vergüenza», añade.

Porque son los productores, como Ricky Falkner, Raül Fernández (Refree) o Pau Vallvé, quienes suelen tener facultad para fichar músicos para sus múltiples proyectos. Hay escuderías, órbitas... «Sí, el productor trae sus músicos, pero no es rígido. Puedes ver que en un disco de Maria Coma, producido por Vallvé, está un músico habitual de Sílvia Pérez Cruz, cantante que estaría más en la órbita de Refree», explica Sospedra.

Todos celebran que haya quedado atrás aquella era 'indie' en que «se puso de moda no saber tocar», y se refieren a las sociedades de gestión, SGAE e AIE, en términos amables, ya que les proporcionan un goteo de ingresos. Pero viven el momento. «Me da mucho miedo imaginarme con 50 años y sin curro», confiesa Aragall, que estudió Derecho (y un máster en propiedad intelectual) y tiene un plan B en la cabeza. «Si no tengo trabajo puedo dedicarme a ayudar a los músicos, que están muy mal asesorados». Mau Boada arquea las cejas: «Uf, yo contigo tengo que hablar, tío...»

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