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AUTOR DE 'EL NOMBRE DE LA ROSA'

Umberto Eco, adiós al erudito pop

Italia llora al novelista, semiólogo y pensador, que ha fallecido a los 84 años

Umberto Eco, adiós al erudito pop

JUAN M. ESPINOSA / EFE

Umberto Eco durante la presentación de su libro 'El cementerio de Praga' en Madrid en diciembre de 2010.

ELENA HEVIA / BARCELONA

Sábado, 20 de febrero del 2016 - 01:25 CET

Los restos mortales de Umberto Eco llegan al velatorio en Milán. 

Conmoción en el mundo de la cultura europea. Umberto Eco, el autor de ‘El nombre de la rosa’, el hombre que más certeramente analizaba la realidad, el sabio capaz de trasladar el peso del pasado para proyectar luz en el presente, se ha ido. Era la voz crítica, el hombre que alertó desde el minuto cero de los peligros de la política según Berlusconi, el buscador de signos de la sociedad del espectáculo y de la comunicación de masas cuando todavía no se había inventado internet y no era todavía ni la sombra de lo complejo que acabaría siendo. Umberto Eco, el ‘tuttólogo’, el todólogo, por su saber universal, renacentista, fue una de las figuras que en los 70 culminó toda una aspiración pop: hacer que la cultura clásica y la popular se reunieran sin rebajar expectativas. Hegel o Supermán, ambos merecían para el autor el mismo rigor. De ahí que fuera posiblemente el intelectual italiano más leído y conocido y por eso, ahora con su muerte, el más llorado.

Los restos mortales del autor italiano, que falleció a los 84 años el viernes a las 22.30 horas, serán trasladados el martes al Castillo Sforzesco, complejo museístico en el centro de Milán, la ciudad que Eco -nacido en 1932 en Alessandria, Piamonte- había adoptado como suya. En el edificio, que el autor podía ver desde la ventana de su domicilio, se realizará una ceremonia laica, siguiendo los deseos del escritor, que desde hace años luchaba contra un cáncer.

ENTRE TOMÁS DE AQUINO Y BORGES

Se formó en el campo de la filosofía, con una tesis sobre Tomás de Aquino en la universidad de Turín que le proporcionaría un gran conocimiento sobre la cultura medieval que muchos años más tarde sería ingrediente esencial para ‘El nombre de la rosa’, la obra que le hizo salir del reducto de la lingüística y le dio fama universal en 1980. Cerca de 30 millones de ejemplares vendió aquella primera novela, sobre una serie de crímenes perpetrados en una abadía benedictina, excitante potaje de historia, filosofía, relatos policiacos a lo Sherlock Holmes, ‘patchwork’ cultural y homenaje a la erudición estilo Borges que dice mucho de la calidad de los ‘best-sellers’ de entonces, capaces de incluir largos párrafos en latín sin que el lector se arrugase. En 1986, la película de Jean-Jacques Annaud con Sean Connery como fray Guillermo de Barkerville y un jovencito Christian Slater como su pupilo Adso de Melk ofrecería un pálido reflejo del original.

Antes de llegar a ser universalmente conocido, Eco ya había dado bastante que hablar en los ámbitos académicos. Fue profesor en las universidades de Turín, Milán y Florencia en los años 60 cuando empezó a hacerse un nombre en el campo de la semiótica, una disciplina emergente y cargada de ambición que se proponía, ahí es nada, desubrir el mundo a partir de sus signos, desentrañar el sustrato escondido en la comunicación humana. Ensayos como ‘La estructura ausente’, ‘Tratado de semiótica general’ y ‘Lector in fábula’ revolucionaron las facultades de comunicación de los años 70 y obligaron a los estudiantes a no ceñirse a lo obvio, a buscar las estructuras y los significados ocultos en los discursos, a entender que el medio es el mensaje y que este tiene mil estrategias. El Professore coronó esa escalada como titular de la cátedra de semiótica de la Universidad de Bolonia, meca de la disciplina. Y se convirtió en el gran analista de la realidad italiana en los diarios.

Sus artículos periodísticos de entonces se reunieron en el volumen ‘Apocalípticos e integrados’ que acuñó dos

Era la voz crítica, el hombre alertó desde el minuto cero de los peligros de la política según Berlusconi

etiquetas que circularon mucho su momento. ¿Estás a favor o en contra? ¿Eres apocalíptico, es decir desconfías de esta cultura de masas formada, entonces, por la televisión, los periódicos, la radio, el cine? ¿O bien te decantas por saludar encantado las nuevas formas? Eco, a caballo entre una y otra, comprende a ambas y tiende puentes.

De hecho, con ‘El nombre de la rosa’, que ganó el Premio Strega y el Medicis, no hizo más que llevar al plano de la novela y del entretenimiento toda aquella teoría. Ocho años más tarde, en 1988 llegaría ‘El péndulo de Foucault’, novela conspiranoica y esotérica que abriría la puerta a fantasías mucho más chapuceramente planteadas como ‘El código Da Vinci’ de Dan Brown, de quien el autor italiano solía decir que no existía y que tan solo era un personaje más que él había inventado. Luego, sin alcanzar en ventas el éxito de las precedentes, publicó ‘La isla del día de antes’ (1994), ‘Baudolino’ (2000), ‘La misteriosa llama de la Reina Loana’ (2004) y ‘El cementerio de Praga’ (2010) y el pasado año, ‘Número cero’.

EL PENSADOR APOCALÍPTICO

El argumento de esta última novela, delataba que Eco, entre la disyuntiva apocalíptico o integrado, finalmente se había decantado por lo primero. Este retrato cruel del periodismo de los años 90 ejemplificaba las peores prácticas de manipulación y corrupción del oficio, semilla en su opinión de lo que vendría después. Y le servía también al autor para mirarse en un presente en el que ya no se reconocía. Quizá en algún momento, armado de su característica pipa, podría haberse parecido al Sherlock Holmes medieval  de ‘El nombre de la rosa’, pero con el tiempo acabó por semejarse al bibliotecario Jorge de Burgos, horrorizado y combativo frente a la heterodoxia. “Hegel dijo que la lectura de los diarios por la mañana eran el rezo matutino del hombre moderno, pero no sé si mi nieto querrá rezar de esa manera”, decía. Eco cargó contra internet y todo su corolario de redes sociales "imbéciles" y destiló no poca amargura ante un fin de época para el que no encontraba solución. Y el hecho de que el médico le hubiera obligado a reducir su dosis diaria de whisky tampoco ayudó a suavizar esa melancolía.

Firme defensor del libro en papel -una conversación con su amigo Jean-Claude Carrière sobre el tema se recogió en el volumen ‘Nadie acabará con los libros’- en los últimos tiempos se convirtió en el capitán de un proyecto editorial independiente, La Nave di Teseo, con el que se mostraba muy ilusionado. El anuncio de su muerte ha venido acompañado de la noticia de la aparición de un nuevo libro que saldrá en Italia póstumamente la semana que viene. ‘Pape Satàn Aleppe’, subtitulado ‘Crónicas de una sociedad líquida’ recoge los artículos que el autor escribió en el ‘Espresso’ desde el año 2000.

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