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Robert Hughes se decía «demasiado estúpido para ser un teórico». Buena parte del resto del mundo, sin embargo, encontró en su erudita opinión, su profunda voz y su elegante pluma el culmen de una profesión hoy tan depauperada y en vías de extinción como la de crítico de arte. Fue, en ese campo, «el más famoso del mundo» (The New Yorker) o «simplemente el más grande de nuestro tiempo» (The guardian).
Robert Hughes, en el Museo del Prado, frente a un cuadro de su admirado Goya, en el año 2005. JON BARANDICA
Información publicada en la página 324 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 08 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Su tercera esposa, la artista Doris Downes, confirmó ayer que Hughes, también autor e historiador, con una pasión especial por Barcelona y por Francisco de Goya, falleció el lunes a los 74 años tras una larga enfermedad. Trece años después de un accidente de tráfico casi letal en su Australia natal que durante varias semanas le dejó en coma, murió en Nueva York, la ciudad que le adoptó en 1970, cuando llegó para convertirse en el crítico de la revista Time tras haber impresionado a uno de sus directores con el libro Heaven and hell in western art.
Las páginas del semanario fueron uno de los principales púlpitos de Hughes, pero no el único. Un hombre que entendió y practicó la crítica como literatura dejó también un serie televisiva sobre arte imprescindible, The shock of the new, un documental de ocho partes (también libro) sobre el desarrollo del modernismo. Y extendió sus dones de dotado narrador y consumado historiador en ensayos, textos en otras publicaciones y obras históricas como The fatal shore, un libro de 1987 fundamental para entender el origen de Australia como una cárcel gigante.
PASIÓN POR GOYA / A Barcelona le declaró su amor en un ensayo que a través de un recorrido por su arte, su literatura y su arquitectura abrió los ojos del mundo a la historia de una urbe que sería disparada al estrellato mundial por los Juegos Olímpicos de 1992. Pero posiblemente su mayor pasión española fue Goya.
«Siempre se empujó a los límites», decía admirado a The New Yorker en 1997, hablando con cierto vértigo de la perspectiva de sumergirse en un trabajo sobre el de Fuendetodos. Cuando dos años después llegaron el accidente y el coma, aseguraba que se le apareció el pintor, que fue como una presencia fantasma en su tiempo de recuperación. Y en el 2004 llegaron el libro y un documental.
La profunda comprensión de los genios, la historia y la cultura daban sentido a su crítica visión del arte contemporáneo, del que fue crítico salvaje, usando descripciones como «una avant-garde de diseño cuya novedad tiene toda la significación de una pizza de queso de cabra». Y dejaron huella sus miradas despectivas a trabajos como los de Jean Michel Basquiat, Jeff Koons, Damien Hirst o Julian Schnabel, cuya pintura comparó con la calidad interpretativa de Sylvester Stallone.
Hughes culpaba de la degeneración del arte no solo a artistas como Andy Warhol («no tiene nada que decir»), sino a un mercado ciego y manipulable dirigido por el dinero. Y su mirada crítica se plasmó también en Visiones americanas, un libro tras el que sufrió una depresión que durante años le llevó a la medicación y la terapia.
Hughes lloró lo que veía como el declive de su país de adopción. «América, como la república, ha perdido la vitalidad que una vez la hizo tan refrescante y atractiva -escribió-. América ya no es nueva y el estilo coloquial y franco se ha diluido por una enervante combinación de sobrecarga mediática e ironía posmoderna».