«En 12 años, tendrá 11 años y medio», explicaba un personaje de Life aquatic (2004), la quinta película de Wes Anderson, acerca de su bebé. «Esa fue mi edad favorita», contestaba Steve Zissou. Moonrise Kingdom es una elaboración de ese sentimiento, y no es casual que esté ambientada en el mismo año que Godard estrenó Pierrot el loco (1965), historia seminal de dos amantes en fuga, aunque, eso sí, aquí los amantes son preadolescentes. Mientras los hace huir a través del tipo de mundo enclaustrado y encantado que aparece detallado en un mapa al principio de los libros infantiles, Anderson entona una convierte la película en una oda a la rebeldía juvenil y una expresión de su propia singularidad. De hecho, Sam (Jared Gilman), es su alter ego ideal. Es fácil imaginárselo convertido en unos años en el Max Fischer de Academia Rushmore (1998).
Trailer de la película 'Moonrise Kingdom'
Información publicada en la página 59 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 15 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Puede que esta sea la película más amanerada de un director acusado de amaneramiento pero, a la vez, Anderson muestra un grado de espontaneidad que refleja tanto la resolución de la pareja protagonista como la naturaleza indómita que los rodea. Es también su película más dulce y romántica, y quizá aquella de su carrera en la que las intenciones estilísticas y las temáticas están en más perfecta sintonía, en parte porque, aquí, este autor cuyo estilo se asocia con las casas de muñecas y los libros de cuentos pone el foco en unos niños precoces y no en los adultos dañados en los que un día se convertirán. La fatalidad de esa amarga evolución, demostrada en ese plano final que es a la vez un canto y un lamento por todo aquello que debemos dejar atrás, otorga a este filme maestro su avasalladora melancolía.