El demonio Belfegor ha acompañado a Massimo Gramellini (Turín, 1960) durante cuatro décadas. Desde que la noche de Año Nuevo de 1969, con 8 años, su madre murió, y hasta que descubrió que no fue por un infarto. Marcado por esa orfandad, que siempre le avergonzó confesar, este veterano y lúcido periodista, hoy subdirector de 'La Stampa', se dio cuenta de que necesitaba exorcizar su trauma desnudándolo en la novela biográfica 'Me deseó felices sueños' (Destino), en catalán, 'Deixa't portar pels somnis' (Amsterdam), un éxito que ha conmovido a Italia (660.000 ejemplares).
Incondicional del Torino 8El escritor y periodista Massimo Gramellini, durante su reciente visita a Barcelona. JORDI COTRINA
Información publicada en la página 65 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 21 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
«Todos tenemos un Belfegor, un monstruo dentro que cree trabajar por nuestro bien, para evitarnos el dolor. No quiere que ames para que no sufras porque amar significa sufrir. Toda la vida tuve miedo a la muerte, al abandono y a amar, para no sufrir, como me pasó al perder a mi madre», se sincera.
El periodista italiano hace suya la cita de Victor Hugo en 'Los miserables': «Morir no es nada. No vivir es terrible». «Mucha gente teme vivir, les frenan mil angustias, mil miedos. Pero es necesario experimentar el sufrimiento y el dolor porque te obliga a reaccionar -apunta en un mensaje de superación personal-. Son pruebas que debemos afrontar para dar sentido a la vida. La mía fue crecer sin madre».
Gramellini aplica el consejo a la crisis. «Una de las razones del éxito del libro es que ha salido en este momento. La gente está desesperada. Por primera vez piensa que el futuro será peor que el pasado y así solo se crea un pensamiento colectivo que afianza la idea de que los países del sur de Europa entrarán en la pobreza y en el tercer mundo. Hay dos opciones, rendirse o aprovechar la situación para evolucionar. La única posibilidad de salvarnos es construir unos 'estados unidos' de Europa. Europa no estará acabada si se une. Solos, ni como individuos ni como nación, podremos hacer nada ante la crisis».
Entre visiones televisivas del ombligo de Raffaela Carrà y la pasión por el fútbol del Toro (el Torino) para Gramellini fue «perturbador» perder a su abuela y a su madre; lo vivió como «una minusvalía emocional». «Pasé de estar rodeado de mujeres que me amaban y mimaban a estar con un padre poco cariñoso y con mis tíos. Crecí bajo el sol y de repente me sentí en una habitación oscura y fría». Cuando el diario le envió a Sarajevo se desvivió para salvar a un niño musulmán herido. «Me identifiqué con él porque era huérfano. Los francotiradores habían matado a sus padres y nadie luchaba por él. Es imposible aceptar el dolor provocado por la estupidez del ser humano».
Gramellini atribuye parte del éxito a que «funciona como un espejo». «Los lectores me escriben diciendo que se reconocen en el personaje y que gracias a él han sacado a la luz sus propios traumas». La otra parte está en el título: 'Me deseó felices sueños' es una canción infantil. «La que mi madre me cantó la noche que murió», recuerda, y reflexiona: «Hoy más que nunca necesitamos ser dueños de nuestros sueños. No de cosas materiales, sino de sueños que hacen que tu vida tenga sentido. He conocido muchos famosos a los que la gente envidia y que no son felices. En cambio, encontré a un alemán que a los 60 años vendió la empresa y se retiró con su mujer a la isla de Elba para abrir un estudio de cerámica. Era su sueño, su mirada era feliz».