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RELATO. EL APOCALIPSIS MAYA (1)

El escritor mexicano, autor de novelas como 'El testigo' y 'Arrecife' y de brillantes crónicas literarias como 'Dios es redondo', inicia hoy una serie de ficción en seis entregas

Maletas conflictivas

Sábado, 18 de agosto del 2012 - 14:05h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por JUAN VILLORO

Las maletas con rueditas producen un rumor parejo. Son la pista sonora de la vida que se arrastra hacia un hotel, el sonido de la gente que tiene rumbo.

LEONARD BEARD

Montse Llovet despertaba oyendo esa marea bajo su balcón en el Barrio Gótico. El oleaje de los fugitivos la lastimaba porque no tenía a dónde ir.

Había crecido en una calle del Ensanche trazada en la ruta del esfuerzo, del mar a la montaña. Las motos roncaban al subir. Sin embargo, ese ruido nunca le molestó tanto como el de las maletas. Agraviantes, rastreras, las rueditas de los otros denunciaban que Montse era una desempleada de 28 años, sin pareja ni horizonte, es decir, trilingüe y con un máster en Imagen y Diseño que no servía de nada. Estudiar en la Barcelona del tercer milenio era como llenar la despensa de productos caducados. En algún momento eso había servido para algo, ahora todas las etiquetas decían: «Ábreme y verás».

Eso fue lo que le contó a Rubén Venegas poco antes de apagar la luz y de que él le ofreciera un Stilnox para mitigar sus desórdenes de sueño.

Rubén admiró que los labios de Montse (de un rosa irreal, perfecto) fueran capaces de hablar con tal fastidio. La chica con la que se había acostado odiaba todas las maletas que no eran suyas.

Fue entonces que él le dijo: «Te invito al Apocalipsis». Ella sonrió sin abrir los ojos, adentrándose en el sueño con una felicidad hipnótica donde la oferta de Rubén se mezclaba con el Stilnox.

Felipe Romo le había pronosticado un encuentro erótico en el Mediterráneo. Pero Felipe era cínico y los cínicos son optimistas. Sostenía que los europeos estaban tan deprimidos que Rubén sería atractivo por contraste: «A los 50 años todos estamos derruidos, pero en las crisis le puedes ofrecer un escalón a la gente joven: pueden pisarnos para subir». La boca de Felipe era minúscula. Parecía la ranura para introducir una moneda en una máquina. De esa magra rendija salían palabras hinchadas de seguridad. Mientras Europa se iba al carajo, él impartía tenebrosas conferencias sobre el Apocalipsis Maya.

Una gran oportunidad

Rubén estaba en Barcelona porque Felipe le había cedido su sitio en el congreso Cosmos de distintos mundos. A última hora, el amigo recibió una oferta mejor pagada de una asociación dianética de California.

El viaje se presentó como una gran oportunidad de abandonar la rutina en Chichén-Itzá y el departamento en Mérida donde su tortuga acababa de morir (quería una mascota longeva y fácil de atender y dio con un ejemplar kamikaze que mordió un cable eléctrico). Necesitaba despejarse, siempre lo había necesitado. Cuando el último turista abandonaba la zona arqueológica, sentía la irrefrenable envidia de no ser él. No quería ser cualquier visitante. Quería ser el último, el que apaga la luz y da el adiós definitivo.

Por desgracia, ese viaje seguía el guion de la impostura. Rubén no era arqueólogo, sino guía; podía entretener a un rebaño de turistas deshidratados, pero no había hecho trabajo de campo, ni investigado nada. «No te preocupes: lo que cuenta es tu tatuaje», observó Felipe con su habitual cinismo.

Rubén llevaba en el omóplato el glifo emblema de Palenque: el Dios Conejo. Estaba orgulloso de ese diseño en tinta blanca, una rareza en el mundo de las pieles decoradas. Aunque resultaba improbable que los asistentes a su conferencia le vieran el omóplato, las palabras de Felipe surtieron efecto. Su epidermis ostentaba un signo de poder.

Alteró su currículum para que su formación pareciera universitaria, aunque sin exagerar demasiado. No se adjudicó un doctorado en Yale, pero sí un máster con Linda Schele, lo cual no estaba tan lejos de ser verdad (Rubén fue su chofer durante la Mesa de Palenque de 1978 y sostuvieron conversaciones maratónicas que él juzgaba muy estimulantes).

Pero había otro problema: él no creía en el Apocalipsis Maya. Felipe era un mitómano deseoso de aparecer en History Channel. Acaso por falta de carácter, Rubén prefería la objetividad. El primer desencuentro con su exmujer ocurrió cuando ella le dijo: «¡No me digas que eres de esos aburridos que creen en la realidad!». Sí, necesitaba datos para convencerse. Cuando vio la maleta de su mujer en medio de la sala, entendió que ella se iba. El Apocalipsis no le había dado una seña semejante. En Barcelona, representaría la valiente postura de los indecisos.

Entró al auditorio de la entidad bancaria donde se celebraría el congreso, y Montse se acercó a preguntarle si disertaría sobre el Apocalipsis. La mirada del chica no dejaba lugar a dudas. Rubén vio ahí un maravilloso anhelo de fin de mundo. Además, estar en un banco, animaba a hablar de la catástrofe.

Ante la pálida belleza de Montse Llovet, decidió que sólo diría lo peor.

Y MAÑANA: La segunda entrega: El 'show' del desastre

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