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Nueva visita del trovador canadiense a Barcelona

El magisterio de Cohen

El cantautor cautivó a sus fans con un majestuoso y maratoniano recital en el Sant Jordi

Jueves, 4 de octubre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JORDI BIANCIOTTO / Barcelona

Los conciertos de Leonard Cohen imponen reglas de juego propias, más aún si hablamos de espectáculos de grandes recintos. Incluso esa palabra, espectáculo, chirría al hablar de un recital de canciones minuciosas, que invitan a paladear textos, voces, melodías y arreglos de laúd o violín, como el que anoche se desplegó en el Palau Sant Jordi, en el que Cohen trató a músicos y asistentes con complicidad y generosidad: tres horas y media de actuación. El Sant Jordi es un recinto aparatoso para tan sutiles intenciones, pero nada es suficientemente grande para deslucir las artes del cantautor canadiense.

Leonard Cohen, acompañado por el guitarrista Javier Mas. FERRAN SENDRA

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Información publicada en la página 50 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 04 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Cohen y su banda aparecieron con el mismo aspecto que hace tres años, la noche que el trovador cumplió entre nosotros los 75. Trajes oscuros, sombreros y artesanía instrumental acomodada en sillas dispuestas como en una media luna flamenca. A la derecha, Javier Mas y sus mástiles. Cohen apareció con paso decidido y abordó la primera canción, Dance me to the end of love, con su cadencia de vals melancólico.

Cargamento completo

Al terminar, Cohen tomó la palabra. «Gracias, amigos míos. No sé cuándo volveremos aquí, a Catalunya; no sé cuándo volveremos a vernos, pero esta noche os daremos todo lo que tenemos». Una declaración que ya hizo, casi palabra por palabra, en su anterior visita al Sant Jordi, en el 2009. Ese todo se manifestó en un repertorio panorámico que siguió su rumbo con The future y sus estrofas apocalípticas, en la cual las Webb Sisters, juveniles coristas, hicieron su primera acrobacia completando sendas ruedas y poniéndose del revés.

El Sant Jordi, con sillas en la pista y un formato de menor capacidad, no se llenó y atrajo a unas 12.000 personas según la promotora Doctor Music. El público, tendente a la mediana edad y un poco más allá. Limitada presencia de juventud indie pese al influjo de Cohen en muchísimos artistas del ala alternativa.

La primera parte incluyó cuatro canciones del nuevo disco, Old ideas, que se entrelazaron con viajes al pasado remoto (Bird on the wire, Sisters of mercy) y a obras más maduras, como Everybody knows e In my secret life. Entre las nuevas, la bluesy Darkness, severa y profunda, y los versos espirituales de Amen y Come healing.

Primera parte

Javier Mas fue uno de los músicos con más cuota de pantalla y en la primera parte ofreció una larga introducción de Who by fire. «Desde Barcelona», saludó Cohen levantando una ovación. La primera parte culminó con dos largas piezas de The future: Waiting for the miracle, donde Cohen exhibió la flexibilidad de sus 78 años cantando arrodillado e incorporándose cual grácil pluma, y un majestuoso Anthem. El cantautor marchó del escenario dando dinámicos saltitos, como es su costumbre.

Una hora y media es lo que duran muchos conciertos, pero, para Cohen, se trata solo de la primera parte. Tras el intermedio, sacó del desván un sencillo teclado electrónico con el que reprodujo el sonido casero e irónico de Tower of song. De ahí, a un cambio drástico con la totémica Suzanne, de 1967, que interpretó acompañándose de la guitarra.

Clímax lorquiano

El tempo sereno siguió con Night comes on, y el sonido se decantó hacia el country en Heart with no companion. Cohen hizo vibrar un arpa de boca en Democracy y se retiró para que las Webb Sisters hicieran suya Coming back to you y Sharon Robinson, Alexandra leaving. Luego, crescendo con Hallelujah y Take this waltz, con su texto inspirado en Poeta en Nueva York, de Lorca, con un «Te quiero, te quiero, te quiero» que Cohen cantó esta vez en castellano.

La emoción contenida se desbocó en los bises con So long, Marianne, First we take Manhattan y Famous blue raincoat, con el público en pie y muestras mutuas de gratitud. El punto final llegó con Save the last dance for me (Pomus & Shuman) tras tres horas y media de recital y 30 canciones desde la atalaya de la torre de la canción.

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