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RELATO. SIETE DÍAS EN EL BARCO DEL AMOR (4)

Sam Cortina, el pianista del Rimini, el bar del 'Wonderful Sirena' abierto al anochecer, le aconseja que busque una aventura entre la tripulación.

Los reyes del karaoke

Viernes, 27 de julio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por JORDI PUNTÍ

Supongo que no rompo ningún hechizo si en este punto de la historia desvelo que mi mujer y yo volvemos a estar juntos. Hace poco celebramos nuestro octavo aniversario de matrimonio -en París-, dos semanas después de lo que tocaba porque decidimos descontar del calendario esos 15 días en que sobrevivimos separados. Supongo que no rompo ningún hechizo, digo, porque en el fondo el protagonista de esta historia es Sam Cortina.

PERICO PASTOR

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Información publicada en la página 310 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 27 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Después de esa primera conversación con Sam, pasé los tres días siguientes instalado en lo que podríamos llamar la rutina de la decepción. Cada mediodía el Wonderful Sirena se detenía en algún puerto, la gente bajaba a dar una vuelta, y cuando empezaba a anochecer zarpábamos de nuevo. Cuando el barco quedaba medio vacío, yo seguía los consejos de Sam y alternaba con la tripulación femenina. Sin ningún éxito. Aprendí a descartar a las filipinas, que se encargaban de lavar la ropa y plancharla, porque te evitaban fingiendo que no entendían nada y solo se reían. Las camareras y las cocineras italianas me seguían la corriente durante un rato, pero nunca picaban.

Como no quería ganarme mala fama en el barco, a partir del cuarto día seleccioné mucho mejor mis intentos de atracción y propiciaba encuentros casuales en los estrechos pasillos. Solo conseguí la sensación de ser un apestado. De vez en cuando, si descubría un rincón del barco donde había cobertura, conectaba el móvil y escuchaba los mensajes del buzón de voz. Bet me llamaba cada día, y cada día su voz sonaba más comprensiva y preocupada.

Cuando se hacía de noche, la rutina me guiaba hasta el Rimini. Nada más entrar, el camarero me preparaba un whisky sour y Sam me saludaba desde el piano alzando las cejas. La pareja británica seguía con su objetivo de probar todos los cócteles de la carta. Si en los sofás en penumbra entreveía a alguna de mis fracasadas conquistas de la jornada, ahora entregada a otros brazos, mi orgullo sufría. Siempre había algún momento en el que Sam jugaba con las notas de la entrada de Yesterday, como si la empezase a tocar con una larga obertura, pero luego, cuando a mí ya se me despertaban los lagrimales, cambiaba e interpretaba alguna canción absolutamente diferente.

El martes, quinto día de la travesía, la cosa cambió. La noche anterior habíamos dejado Capri atrás y, como quien dice, el crucero ya iba cuesta abajo. Se me acababan los cartuchos. Durante uno de mis paseos, atraído por un ruido de voces, me metí en un salón de baile en el que no había entrado nunca y descubrí a una de las dos chicas -la morena- a las que había perseguido la noche de los fuegos artificiales. La contemplé durante un largo rato y luego me acerqué a ella con timidez. Estaba sentada a una mesa y apuntaba nombres en una libreta. Le pregunté que a qué se dedicaba. Me respondió que era animadora y que preparaba el campeonato de karaoke de dúos, una actividad ideada para conocer a gente nueva. Hablaba con una mezcla de italiano y castellano que le salía muy dulce, y un minuto después me estaba buscando pareja para participar en la competición.

Me tocó una sueca llamada Alva, y sí, ella fue mi mujer del viaje. Nunca le pregunté la edad, pero calculo que tendría unos 45 años. Era rubia, casada y madre de familia -hacía el crucero con su hermana, Marianne-, muy nórdica, y su atractivo y su disposición afectiva quedan resumidas en la imagen de un tanga negro bajo unos bermudas blancas y casi transparentes. Son ganas.

En el campeonato de dúos de karaoke, Alva y yo cantamos una canción de Barbra Streisand y Barry Gibb (el guapo de los Bee Gees) que se llama Guilty. Es decir, culpable. Quienes la conozcan sabrán que es una canción muy difícil, sobre todo por la atiplada voz masculina. La animadora nos pasó la letra y ensayamos unas cuantas veces. Nos reímos mucho. Si nos hubiese oído cantar, Sam me habría retirado la palabra. Al final, por una cuestión de agudos y graves, decidimos que yo haría de Barbra y ella de Barry, y esta pirueta formal nos salió muy convincente y divertida, hasta tal punto que quedamos los segundos en el campeonato. Lo ganó una pareja de belgas que cantó Ain't No Mountain High Enough, de Marvin Gaye y Tammi Terrell. La clavaban.

Alva pronunciaba mi nombre a la francesa, Moguí, en vez de Mauri. Sobre el escenario, aprendimos a cogernos las manos y a mirarnos a los ojos, intensamente, mientras cantábamos con voz de falsete: «We got nothing to be sorry for... our love... is one in a million...». Y era verdad, no teníamos que pedir perdón por nada, nuestro amor -o lo que fuera que nos había unido- era uno entre un millón.

Un fotógrafo de a bordo, uno de esos que siempre quieren captar el instante de felicidad y vendértelo carísimo, nos hizo una foto durante la actuación final. Si la miro ahora -porque aún la conservo-, pienso que simplemente estábamos actuando. Pero también revivo con un punto de nostalgia la tranquilidad que me sobrevino cuando por fin supe cuál era mi lugar en el crucero, qué papel me había correspondido en el reparto de aquella ópera flotante.

Traducido del catalán por Paulino Rodríguez.

Y MAÑANA: 5. El pianista sin casa

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