Cuando, en los 90, comparábamos a Manic Street Preachers con los referentes que abanderaban (de Bowie a The Clash), el balance podía causar cierto acomplejamiento generacional. Pero, el miércoles, en Razzmatazz, vimos a un grupo que, tras más de 20 años de carrera, acumula un repertorio con propiedades para hinchar pecho. Canciones con dosis variables de calle y melodrama, de autos de choque y sueños de grandeza, que sonaron con un punto de cartón piedra (esos teclados enlatados low cost), pero que pudieron hacer sentirse orgullosos a sus fans.
Información publicada en la página 62 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 04 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Los galeses montaron un concierto a precio alzado: 23 canciones, todas ellas procedentes de singles (agrupados en la reciente antología National treasures), de un tirón y sin bises. Podríamos pensar que tanto hit seguido crearía un estado de exaltación emocional agotadora o incluso ficticia, difícil de sostener a lo largo de casi dos horas, pero no fue así. Sus canciones están cortadas por patrones diversos, sin abusar de moldes prefabricados (excepto en espasmos rockeros como Slash'n'burn), y el trío original, reforzado con un guitarrista, alternó con sobriedad, y sin ansiedad, los riffs de raíz punk de sus primeros tiempos (Motorcycle emptiness) con los medios tiempos maduros, que daban un respiro (Ocean spray).
ÉPICA Y SOLOS / Y en medio, alzándose majestuosa, la cosecha de Everything must go, con la proa de A design for life, cima de su vida. Nicky Wire dijo que James Dean Bradfield es mejor que Eddie Van Halen, y este replicó con un momento guitar hero en You love us. Evocaron al triste ausente, Richey Edwards, y culminaron con otro talismán, If you tolerate this your children will be next. Pues no, no había tantos motivos para acomplejarse.