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Los humores de Rushdie

Sábado, 2 de febrero del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Jordi Puntí

La historia es conocida y puede verse como un preludio de la amenaza que hoy en día representa el fundamentalismo islámico. A finales de 1988, Salman Rushdie publicó Los versos satánicos. Unos meses después, en febrero, el ayatolá Jomeini declaró una fatua que instaba a los musulmanes a matar a toda persona relacionada con el libro. A partir de ese día, la vida de Rushdie se convirtió en una condena que duró más de nueve años. La reclusión forzosa le obligó a vivir como un preso, rodeado siempre de los policías que le protegían, odiado por miles de personas que ni habían leído la novela ni pensaban hacerlo, criticado por sus vecinos porque había osado despertar a la fiera rabiosa.

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Información publicada en la página 45 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 02 de febrero de 2013 VER ARCHIVO (.PDF)

Para pasar desapercibido, Rushdie escogió el nombre de Joseph Anton, en homenaje a Conrad y Chéjov. Bajo ese nombre ha escrito ahora, en tercera persona, las memorias de esos años, y su terror único se ha convertido también en un libro único. Durante la lectura, a menudo tienes la impresión de que los años de aislamiento involuntario extremaron su carácter, de forma que las típicas obsesiones y manías de los escritores aparecen aquí más puras, sin el velo de la corrección ni el refugio de los lugares comunes. Así, cuando habla del proceso de creación de sus libros, por ejemplo, o de las dificultades de la relación con su padre, Rushdie consigue páginas de gran clarividencia, con humor y sentido literario, que describen muy bien el esfuerzo por construir una obra ligada a su infancia en la India. El contraste lo ponen los momentos en que se entrega a las efusiones vanidosas, los chismes y el rencor indisimulado hacia los que no le apoyan. Descubrimos que no hay amigos para siempre y, cuando se refiere a la vida con sus exmujeres, sospechamos, su memoria es selectiva, casi siempre a su favor.

Uno intuye que para redactar este texto Rushdie siguió el dietario que escribía en aquellos años: en lugar de los recuerdos que han sobrevivido al olvido, lo que leemos son los trastornos en bruto de ese presente. Un ejercicio de vida imposible, traducido en un libro único.

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