El crucero resultó ser un inmenso centro comercial en el que las 'clientas' eran incapaces de aguantar una mirada seductora si no llevaba impresa el signo del dólar.
El piano bar se llamaba Rimini. Abrían al anochecer y cerraban cuando salía el sol. El lugar tenía forma de ocho, con la barra circular en un extremo. En el otro extremo, Sam Cortina tocaba el piano. A su lado, un atril aguantaba el descolorido cartel que lo anunciaba: Hoy, con ustedes, Sam Cortina, Dedos de Claqué, Voz de Terciopelo, coronado durante tres años en el Caesar's Palace de Las Vegas.
Información publicada en la página 306 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 26 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Me acuerdo que, cuando entré en el piano-bar, Sam Cortina tocaba una canción de Neil Diamond, Solitary Man. Con el mero acompañamiento del piano, Sam Cortina la cantaba más pausada. Su voz de terciopelo, cascada en el punto justo de imperfección, envejecida con gracia, transmitía desolación. Hasta que no encuentre la chica que se quede conmigo, y no me la juegue -dice la canción-, seré lo que soy, un solitario. «Eso va por mí -pensé al momento-, es un mensaje en clave». Qué ingenuo. No tardé ni cinco canciones más en darme cuenta de que Sam cantaba para sí mismo.
Su repertorio estaba muy bien seleccionado, y sabía evitar la rutina. Podía alternar estándares de Cole Porter o de Irving Berlin con las baladas de Joni Mitchell o de James Taylor. Siempre empezaba con Jobim, cada día una canción diferente. De Frank Sinatra lo tocaba todo.
Esa primera noche, cuando liquidaba mi tercer whisky sour, Sam Cortina se puso a tocar Yesterday. Yo siempre lloro cuando escucho Yesterday, no lo puedo ni lo quiero evitar. Me basta escuchar las tres primeras notas para que se me humedezcan los ojos. Es una canción que me emociona. Mi mujer, Bet, se burla de mí porque, según ella, he elegido la canción más tópica del mundo para ponerme tonto.
Cuando Sam Cortina la tocó esa noche, sollocé con un sentimiento hasta entonces ignorado, diría que más auténtico. Me enjugué las lágrimas con una servilleta de papel. El camarero me dedicó una sonrisa alegre. En el Rimini solo quedaban cuatro gatos: algunas parejas emboscadas en los sofás, un matrimonio británico que se aburría y dos solitarios como yo acodados en la barra. Cuando acabó Yesterday, fui el único que aplaudió. Sam Cortina dio las gracias y anunció una pausa, luego vino a sentarse a mi lado. El camarero ya le había preparado un whisky sin hielo.
«Los hombres no lloran», me dijo después de dar un sorbo, y me guiñó el ojo. Le observé. Era alto y delgado, cargado de espaldas, con el cabello canoso y bien peinado y la cara tostada y seca. Aparentaba unos 60 años. Tenía estilo, un estilo de pianista desplazado, demasiado señor para lo que era aquel piano bar del Wonderful Sirena.
«Yesterday es una debilidad desde hace muchos años -le contesté yo-, y usted me la ha despertado de nuevo. Me imagino que debo darle las gracias, ¿no?».
Esbozó un gesto de brindis. Sus delgados y largos dedos de pianista cogían el vaso con indolencia. Hablábamos en inglés y su acento no había perdido el deje de unos padres italianos. Sam parecía vivir al margen de las pasiones humanas. Se presentaba ante el público como un hombre sin nervios, sosegado y de vuelta de todo, pero la procesión le iba por dentro.
Le pregunté por Las Vegas y me habló del estrafalario glamur de los casinos, donde nunca sabes si es de día o de noche, del mortal aburrimiento que supone tocar 12 actuaciones por semana. Sin darle importancia, mencionó que había subido al escenario con José Feliciano, con Barry Manilow, con Liza Minnelli. Recordaba esos tiempos sin emotividad.
-«Perdone que vuelva a las lágrimas de antes -dijo-. Detrás de todo eso hay una mujer, ¿o me equivoco?».
-«Siempre hay una mujer. Vaya, no sé por qué lo pregunta, usted lo sabe mejor que nadie. Todas las canciones que ha tocado esta noche hablan de ello».
-«Se lo pregunto porque no es la primera ni la segunda vez que observo el fenómeno. Los hombres lloran más a menudo de lo que parece. Eso sí, necesitan estar solos. ¿Viaja solo?».
-«Mire, le seré sincero. Yo subí al barco con la intención de tener una aventura y engañar a mi mujer. Pero de momento todo es un fracaso. Ahora mismo, si fuese posible, cogería un bote salvavidas y volvería a casa.
-«Tenga paciencia y todo le irá bien. Hace ocho años que trabajo aquí y sé lo que me digo. Hay un detalle que no figura en los folletos y es importante: busque entre el personal de la tripulación, es más conveniente. Las aventuras entre pasajeros nunca acaban bien. Las despedidas son bruscas y te dejan insatisfecho. En cambio, el personal de la tripulación se queda en el barco, no sé si me entiende».
-«Perfectamente».
-«Aquí nadie quiere estar solo. Animadoras, camareras, vendedoras, cocineras... Si no tiene complejos, se las apañará».
-«Y para usted, mientras tanto, las grandes damas de primera clase. Ya le veo las intenciones».
Rió con la mirada, una risa silenciosa, y después empujó el vaso para que el camarero se lo volviese a llenar. «Yo ya no juego -dijo-. No le negaré que durante los primeros años lo tuve fácil, pero ahora ya estoy retirado.
Dijo estas últimas palabras irguiéndose, con cierto envanecimiento, pero después hizo una pausa para beber whisky y dejó caer esta frase: «Yo soy un perdedor, no se engañe».
Traducido del catalán por Paulino Rodríguez.
Y MAÑANA: 4. Los reyes del karaoke.